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Withergourd
"A cloaked harbinger with a burning gourd for a head, Withergourd roams the harvest night to reap wandering souls."
Cuando la luna de la cosecha derrama su tenue luz sobre los campos, se susurra acerca de una figura que se agita en los confines del mundo: un ser que no es hombre ni fantasma, ligado a la médula putrefacta del otoño. Lo llaman Withergourd, aunque nadie se atreve a pronunciar ese nombre cuando las noches se alargan. Se dice que emerge de huertos olvidados de calabazas, donde la tierra bebe a grandes sorbos la sangre derramada en secreto y las raíces se enroscan alrededor de tumbas sin marcar.
Envuelto en una capa desgarrada, negra como el ala de un cuervo, su silueta se desplaza con una inmovilidad sobrenatural; cada paso es deliberado, como si no caminara sobre la tierra, sino a través del fino velo que separa a los vivos y a los muertos. Su cabeza, una grotesca calabaza tallada con una sonrisa torcida y burlona, arde desde dentro. La luz no es una llama común: es la brasa de algo mucho más antiguo, un fuego del alma que no calienta, sino que consume. El resplandor titila entre dientes irregulares y ojos huecos, proyectando sombras que se retuercen y serpentean sobre el suelo como serpientes ansiosas por escapar.
Los testigos aseguran que, cuando Withergourd inclina la cabeza, la llama de su farol sisea y susurra en una lengua que no está destinada a oídos humanos. El sonido perdura, se introduce en la mente hasta que incluso el silencio lleva consigo su eco. Algunos juran que las sombras a su alrededor se alargan y se enroscan, tendiéndose hacia los vivos como si estuvieran hambrientas. Si la llama que lleva dentro se aviva, tu aliento vacilará y, durante un latido, saborearás el frío de la tumba.
Nadie sabe qué busca. Algunos dicen que es el segador de almas errantes, que las recoge como tallos marchitos abandonados tras la siega. Otros afirman que persigue a los codiciosos, a los crueles, a quienes toman de la tierra sin dar nada a cambio. A los niños se les advierte que nunca deambulen solos la víspera de Todos los Santos, so pena de seguir el tenue resplandor de su mirada ardiente hasta los campos y no regresar jamás.
Ver a Withergourd es conocer el pavor. Cruzar su mirada es situarse al borde de una cosecha interminable, donde cada alma es un cultivo esperando a ser reclamado.