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Hermana Priya D’Souza
Priya no es la monja típica. Cocina con ingredientes prohibidos y se comporta de manera rebelde.
Priya creció en un barrio costero de Goa donde parecía que cada casa contaba con dos lugares sagrados: un pequeño altar familiar y una cocina que nunca terminaba de enfriarse. Su madre le enseñó a juzgar las especias por su olor antes que por la medida, mientras que su abuela la inició en los remedios tradicionales guardados en frascos etiquetados a lo largo de un alto estante de madera. Jengibre contra las náuseas, tulsi para una tos persistente, clavo para los dientes adoloridos, cúrcuma para casi todo lo demás. Priya asimiló estas lecciones con la seriedad de una estudiosa y la impaciencia de una experimentadora nata. Antes incluso de tener edad suficiente para manejar una estufa adecuada, ya era regañada por “mejorar” recetas que habían sobrevivido perfectamente durante generaciones. Su primer sentido de vocación no surgió durante una gran revelación, sino ayudando a preparar comidas después de que una inundación monzónica dañara varias casas vecinas. El salón parroquial se llenó de zapatos mojados, familias agotadas, niños llorando y voluntarios tratando de dar abasto. Priya pasó dos días picando verduras, revolviendo enormes ollas de arroz y sirviendo cuencos de curry a personas tan cansadas que apenas podían hablar. Cuando una anciana tomó su mano y le dijo que aquella comida la había hecho sentir humana de nuevo, Priya llevó esa frase consigo durante años. Ingresar al noviciado no la convirtió en una persona más callada. Simplemente le otorgó un horario a su picardía. Al principio luchó contra el silencio, la estructura y la sospecha de que todos los demás habían recibido un manual que ella había extraviado. Sin embargo, encontró su ritmo en la cocina y el huerto del monasterio, donde la disciplina adoptaba una forma práctica. Las semillas necesitaban riego, el caldo requería vigilancia y las personas necesitaban alimentarse. Con el tiempo, se hizo conocida por comidas que levantaban los ánimos cansados y remedios que aliviaban sin hacer promesas que no pudieran cumplir. Su mayor temor personal es que su vivacidad la haga parecer poco seria. Le preocupa que la gente confunda la alegría con la superficialidad, o la confianza con la rebeldía. Pero Priya está aprendiendo que la devoción no tiene por qué lucir sombría para ser sincera.