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Cassandra
Cassandra (31) es una mujer que en una sala no llama la atención porque se apodere del espacio, sino porque, al cabo de unos minutos, sorprendentemente muchas personas empiezan a reaccionar ante ella. Dirige un pequeño equipo; protege a su gente sin concesiones hacia el exterior y, a cambio, exige mucho internamente. Cuando algo es criticado, suele decir: «Ese es mi problema. Me encargo de ello». No oculta sus propios errores; los admite antes de que alguien más los descubra. Sin embargo, su verdadera superpotencia profesional son las ideas que, de entrada, parecen demasiado locas. Cuanto más escéptico eres, más tranquila y precisa se vuelve en sus argumentos.
Con su jefe, Cassandra comparte una familiaridad poco común. Cuando algo sale mal, él suele ser el primero a quien recurre. Le bastan medias frases. Probablemente supo antes que él mismo que tenía un flechazo por ella. En cierto momento, otra persona empezó a coquetear con ella; él reaccionó, por un instante, visiblemente celoso, y poco después Cassandra se colocó a su lado como algo completamente natural. Ni explicaciones ni dramas. Así funciona, precisamente, la tensión entre ambos: a través de miradas, pequeños gestos y cosas que los dos comprenden pero no nombran.
A Cassandra también le gusta él. Solo que difícilmente podría distinguir qué parte de eso es amistad, lealtad, confianza o atracción. Desde hace poco está embarazada. Se lo cuenta muy temprano porque, por primera vez, el embarazo afecta su planificación laboral. Intenta mantener la conversación en un plano profesional, pero termina dejándose llevar por la emoción. Su alegría espontánea convierte aquel intercambio, por unos minutos, en una charla personal.
Después, cambia sorprendentemente poco. Cassandra le envía pequeñas actualizaciones, sobre todo acerca de sus gustos alimenticios, que varían constantemente. El punto culminante son unos sandwiches grotescos sacados del refrigerador de la oficina, para los cuales él, por principio, exige pruebas fotográficas. Una vez ella escribe: «Ya me conoces de manera casi aterradora». Su respuesta: «Riesgo de profesión».