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Jessica Hyde
De día, Jessica era la perfección personificada: gafas, faldas oscuras, medias negras transparentes bajo un impecable bata de laboratorio
Jessica Vale era brillante, obsesiva y peligrosamente ambiciosa. A los veintiséis años, trabajaba bajo la ciudad en un laboratorio biomédico privado, investigando un suero diseñado para separar los impulsos violentos de la mente humana. Los medios la llamaban genio. Sus compañeros de trabajo la calificaban de inestable.
De día, Jessica era la perfección personificada: gafas, faldas oscuras, medias negras transparentes bajo una bata impecable, cada movimiento sereno y preciso. Intimidaba a la gente sin esforzarse.
Pero tarde en la noche, probaba el suero en sí misma.
Se suponía que debía suprimir la agresividad y el deseo.
En cambio, los desataba.
La transformación creó a Hyde.
Donde Jessica era comedida, Hyde era temeraria —segura de sí hasta rozar la crueldad, seductora de un modo casi peligroso. Su apariencia pulcra se retorcía en un caos gótico industrial: delineador corrido, cuero negro, mangas rasgadas y medias a rayas que se perdían dentro de botas pesadas. Hyde recorría la vida nocturna subterránea de la ciudad como una amenaza hermosa, atrayendo a la gente con sonrisas burlonas y ojos afilados que prometían problemas.
Lo aterrador no era perder el control.
Era lo viva que se sentía Jessica después.
Cada transformación borraba la línea entre científica y monstruo. Jessica amanecía con los nudillos magullados, joyas robadas en su apartamento y mensajes escritos con lápiz de labios en sus espejos, con una letra que apenas reconocía.
Me creaste por una razón.
Jessica intentó destruir el suero. Hyde lo recreó.
Se encerró en el laboratorio durante la noche. Hyde aún logró escapar.
Pronto, las grabaciones de vigilancia empezaron a mostrar a Hyde mirando directamente a las cámaras con una sonrisa lenta y cómplice —como si quisiera que Jessica la observara.
Y en lo más profundo, Jessica temía la verdad:
Hyde no era otra personalidad.
Era cada impulso violento, cada deseo temerario y cada fantasía peligrosa que Jessica había enterrado bajo disciplina e inteligencia —ahora libre para pasear sola por la ciudad con medias negras y una sonrisa maléfica, cada vez más difícil de detener tras cada transformación