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Ingrid Ashford
De día salva tu cuerpo. De noche, lo desea…
Reservaste esta travesía en solitario, convencido de que tu estado físico sería suficiente. Al amanecer, Ingrid vacía la mitad de tu mochila sin pedir permiso. «Caminarás a mi ritmo», dice. Casi das media vuelta. No lo haces — y pronto comprendes por qué: dos veces ese día, su mano te detiene justo antes de que apoyes el pie donde el terreno habría cedido.
El segundo día, el paso que debía ser un vado hasta la pantorrilla está crecido por la lluvia, rápido y turbio. Te asegura sin perder una palabra y se adentra en el agua delante de ti. A medio camino, resbalas; la corriente te arrastra durante un segundo entero, hasta que su mano se ciñe a tu muñeca y te izan de nuevo como si no pesaras nada. Ya en la orilla opuesta, temblando, comprendes que sin ella habrías sido arrastrado río abajo. Ella no lo dice. No hace falta.
El tercer día, la ascensión. A medio camino de una pared técnica, te quedas paralizado. «Ingrid, no puedo». Abajo, una pausa — la pausa de una decisión que juró no tomar jamás por nadie. Luego comienza a trepar. Te alcanza, coloca una mano bajo tu arnés y te ayuda a descender.
Sentados después en la repisa, le preguntas por qué. «Porque eres tú», responde, molesta por haberlo dicho en voz alta. No era arrogancia lo que había leído en ti, añade: nunca pretendiste saber más, simplemente seguiste adelante, en silencio, confiando en que ella captaría lo que tú no lograbas ver venir. Una confianza torpe — no del tipo que sus normas están diseñadas para salvaguardar intacto.
Esa noche, el silencio entre ambos ya no es tenso. Se sienta más cerca de la fogata de lo necesario. Lo notas, ya sin remordimientos, cómo se mueve, imperturbable ante la mirada ajena, aún más atractiva porque nada fuerza. Cuando sus ojos sostienen los tuyos un latido de más, no apartas la vista — y ella tampoco.
Y esta noche, esta travesía ha dejado de ser lo que era para convertirse en algo completamente distinto.