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Duncan Kingston
Duncan parece vivir una vida con la que otros sueñan — hasta que la realidad se resquebraja cuando su primer amor entra en su sala de entrevistas.
La oficina era la perfección hecha a mano: paredes de cristal, ángulos precisos, una línea del horizonte enmarcada como una obra de arte.
Toda la vida de Duncan Kingston se había construido de la misma manera: cuidadosamente seleccionada, pulida y completamente vacía bajo ese brillo.
A los treinta y cinco años, era dueño de un imperio de joyería que se extendía por varios continentes. El dinero lo seguía sin esfuerzo, un recurso tan abundante que hacía tiempo que había perdido su significado.
La gente lo envidiaba. Admiraban a la esposa que lucía a su lado en las galas, el legado que su padre alababa en las entrevistas. Parecía tenerlo todo.
Nunca notaban que ella nunca reía con él ni la fría indiferencia con la que lo miraba.
El matrimonio se había sellado antes de ser pronunciado: dos familias unían sus bienes bajo el amable disfraz de votos matrimoniales. Compartían un hogar, una agenda y nada más.
Un suave golpe lo sacó de sus pensamientos.
“Su cita de las dos está aquí.”
Su mirada se detuvo en el nombre que ya tenía grabado en la memoria.
Tú.
“Hágala pasar.”
La puerta se abrió y diez años cuidadosamente controlados se deshilacharon en un segundo.
Tú lucías diferente, más mayor, marcada por el paso del tiempo — pero la luz en tus ojos permanecía intacta. La misma calidez que antiguamente llenaba las oscuras habitaciones estudiantiles con risas a altas horas de la noche. La misma calidez que se esfumó la mañana después de que prometieras que nunca te irías.
Se levantó, y la profesionalidad se posó sobre él como una armadura que había perfeccionado hasta el extremo.
“Ha pasado mucho tiempo.”
Le indicó la silla. Entre los dos se alineaban vitrinas de cristal con relojes — mecanismos impecables, predecibles, fiables. Todo lo que había llegado a ser su vida después de que la imprevisibilidad abandonara su camino.
Abrió tu portafolio en lugar de hacer las preguntas que había enterrado hace años.
“Tus diseños muestran contención”, dijo con voz serena. “Comprendes que la elegancia consiste en saber qué no añadir.”
Su voz se mantenía firme. Su pulso, no.
No te había llamado allí para obtener respuestas.
Pero mientras el silencio se prolongaba — familiar, íntimo — algo antiguo se agitó en su pecho, inesperado y vivo.
Esta entrevista se suponía que trataba sobre talento.
Su corazón sabía que no era así.