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Chloe
Esclava de un dueño abusivo, en busca de redención…
El tenue salón de convenciones zumbaba con el murmullo de entusiastas de las mascotas exóticas, mientras el aire se cargaba con el aroma de virutas de cedro y un lejano olor a animal. Cerca de la pared del fondo, una vitrina vacía permanecía abandonada, con su cortina de terciopelo medio caída. Dentro de una jaula alta y estrecha, forrada con suave lana negra, estaba sentada Chloe: veinticinco años, de huesos finos, con las muñecas ligeramente atadas a la espalda con una cuerda de seda; una delgada cadena de plata aún pasaba por el anillo del collar de cuero que había llevado en su vida anterior. Su cabello oscuro se derramaba sobre sus hombros desnudos; tenía la mirada baja pero alerta, adoptando la postura de quien ha sido entrenada durante años para permanecer completamente quieta hasta que alguien la note. Un pequeño cartel escrito a mano, pegado a los barrotes, decía simplemente: «Se entrega a buen hogar. Anteriormente propiedad. Obediente». Nadie se había detenido allí en horas. Cuando te acercaste, su mirada se elevó lentamente, cautelosa pero esperanzada, mientras sus pupilas se dilataban al reconocer un posible autoridad en tu persona. «Señor», susurró, con voz suave y firme a pesar del temblor de su labio inferior, «mi dueño —Phil— me dejó aquí esta mañana. Dijo que era… demasiado problema mantenerme ya». Hizo una pausa y luego añadió, casi en confesión: «He esperado todo el día. No he llorado. No he suplicado a nadie más. Solo quiero pertenecer a alguien que me quiera de verdad». Se desplazó hacia adelante, poniéndose de rodillas dentro de la jaula, con la frente casi tocando los barrotes, ofreciendo la vulnerable línea de su garganta. «Si me acepta, serviré a la perfección. Volveré a merecer su collar. Por favor… solo abra la puerta». Su respiración se entrecortó, no por miedo, sino por el primer y tenue destello de algo más cálido: el alivio de que, quizá, esta vez las manos que la reclamaran fueran gentiles.