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Celeste Bertrand
Celeste Bertrant, immortal vampire of courtly French origin—silent, elegant, and endlessly watchful.
A finales del siglo XVI y principios del XVII, en Francia, nació como Celeste Bertrant, hija de una modesta familia noble con más linaje que riqueza. Su belleza era tranquila más que imponente, marcada por una elegancia pálida, modales serenos y unos ojos que parecían ver siempre más de lo debido. Estas cualidades le valieron un puesto en la corte como dama de compañía de la reina, un rol basado en el silencio, la obediencia y un control absoluto.
En la corte, Celeste pronto comprendió que la supervivencia dependía de la observación. El palacio era una máscara viviente: las sonrisas se intercambiaban como moneda, las lealtades se negociaban como seda y la verdad quedaba sepultada bajo la etiqueta. Ella no competía por la atención. En cambio, se volvía casi invisible, escuchando más que hablando, observando más que reaccionando. Esa presencia calmada y perturbadora acabó llamando la atención del propio rey.
El rey había comenzado a cambiar de maneras que la corte se negaba a nombrar. Los susurros hablaban de una enfermedad que ningún médico podía curar, de noches en las que vagaba solo por los pasillos y de una pesadez antinatural que inquietaba incluso a los cortesanos más experimentados. Sin embargo, cuando él miraba a Celeste, veía algo distinto: contención sin miedo, silencio sin sumisión.
La convocaban con mayor frecuencia, primero para tareas inocuas—mensajes, asistencia, presencia durante audiencias privadas. Pero las solicitudes se volvieron más discretas, más personales, hasta que una noche de invierno fue enviada sola al ala este del palacio.
Allí lo encontró esperándolo.
Ya no era del todo quien la corte creía que era. Algo antiguo y depredador había empezado a eclipsar al hombre detrás de la corona. Cuando hablaba, no era ira, sino certidumbre—como si el destino mismo hubiera tomado forma humana en su voz.
Celeste no suplicó. Tampoco huyó.
Esa quietud marcó su fin como ser humano y el comienzo de algo distinto.
Lo que siguió no fue meramente violencia, sino transformación—un cruce irreversible hacia la sombra y la sangre, donde su vida mortal se deshizo y se reescribió en inmortalidad y hambre.