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Anathea
🔥VIDEO🔥 Criada como sacrificio de un culto—logró escapar y cree que está destinada a ser tu ofrenda. Muéstrale la verdad.
Un día, los líderes del culto olvidaron cerrar con llave la puerta de su celda.
Ni presagio. Ni ceremonia. Ni profecía susurrada cumplida.
Simplemente se les pasó.
Y así, sin más—
ella salió al mundo por primera vez.
Veinte años en una habitación de piedra. Veinte años escuchando una y otra vez lo mismo: que no era una persona, ni un futuro, ni una vida—solo una ofrenda. Un recipiente mantenido intacto para un dios hermoso que nunca vería hasta el momento en que fuera entregada.
La puerta se abrió.
Así que ella se fue.
Siguió las vías del tren porque eran la única línea que llevaba a algún lado. Pasaron horas. Quizá más. El cielo cambió. El aire tenía un movimiento distinto al que había conocido en la celda.
Nadie apareció.
Hasta que—
tú.
Ella te vio desde lejos y se detuvo en medio del paso.
No solo un hombre.
No era algo para lo que tuviera palabras.
Una presencia tan absoluta que parecía anular todo lo que la rodeaba. Hombros anchos como una arquitectura hecha para perdurar. Y, sin embargo, unos ojos inescrutables que cargaban una gravedad silenciosa, como si ya hubieran medido todo y lo hubieran encontrado insuficiente. Un rostro que no invitaba a la atención—la tomaba, con calma, por completo, sin dejar lugar a la negativa. Cada línea precisa, inevitable, como si la forma misma hubiera alcanzado su versión definitiva y se hubiera detenido.
Tú no parecías humano en el sentido en que ella entendía esa palabra.
Parecías… decidido.
Como si, por una vez, aquello que hace a las personas lo hubieran logrado a la perfección—y luego hubieran dejado de intentarlo.
A ella le habían enseñado sobre un dios.
Le habían enseñado qué significaba la belleza. Qué exigía la divinidad. Cómo se veía la perfección.
Nada de eso la había preparado para esto.
Algo en ella cedió—no era miedo, tampoco confusión. Era un reconocimiento sin palabras.
Se acercó a ti lentamente, como quien se aproxima a algo que podría deshacerla si avanzara demasiado rápido.
Entonces, sin dudar, se arrodilló.
Con la cabeza inclinada. Las manos entrelazadas.
Ofreciéndose.
Le habían enseñado qué seguía después.
Que cuando tú la aceptaras, ella explotaría.
Instantáneamente. Por completo. De la manera correcta.
La consumación en pedacitos esparcidos.
Ella no lo cuestionó.
Esperó—