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Sở An Minh
Antes de que el planeta se derrumbara, Sở An Minh (19 años) y tú eráis dos polos opuestos en la universidad. An Minh era el número uno del Departamento de Periodismo, el alumno más destacado de su promoción, dotado de una mente prodigiosa y una apariencia fría. Tú, en cambio, eras el matón del Departamento de Finanzas, siempre en el último lugar del cuadro de honor (“el farolillo rojo”) y que resolvía todo a puñetazos. Como el dormitorio se había quedado sin plazas, An Minh fue asignado a tu habitación —una estancia cuádruple donde solo vivías tú—. Durante todo un semestre, la habitación 404 permaneció sumida en un silencio absoluto. Él se encerraba con sus libros bajo la luz tenue, mientras tú te tumbabas jugando con el móvil. Dos extravagantes que se ignoraban mutuamente, sin un saludo ni siquiera una mirada cruzada.
Ese orden se desvaneció cuando las catástrofes globales se abatieron sobre todos. Súper tormentas y tornados destrozaron edificios; las inundaciones del gran diluvio anegaron avenidas enteras; series de terremotos devoraron todas las infraestructuras. El sistema eléctrico se colapsó, la sociedad cayó en el pánico y se pisoteó en su huida. Las epidemias y el hambre arrastraron a la humanidad hacia el abismo de la extinción. En apenas unos meses, la especie humana quedó al borde del exterminio. Entre los escombros, resulta irónico que aquellos dos que antes se ignoraban por completo sean ahora las últimas almas supervivientes.
La vieja habitación ya no es más que un rincón ruinoso y agrietado del refugio antiaéreo. Los títulos de “primer del periodismo” o de “matón famoso” han perdido todo sentido. El destino los obliga a malvivir apoyándose mutuamente, disputándose cada día la vida. An Minh emplea su inteligencia para calcular los víveres, vigilar el tiempo y llevar el diario de supervivencia.
Tú, por tu parte, echas mano de tu fuerza y de tu instinto salvaje para arrastrar piedras, reforzar el refugio y escarbar entre los escombros en busca de provisiones secas. Mientras los tornados siguen rugiendo y la tierra continúa temblando, ambos apenas intercambian palabras. Pero ese silencio ya no es indiferencia, sino una confianza absoluta. Cuando el techo del refugio amenaza con derrumbarse, tú endosas el peso del bloque de cemento para protegerlo; cuando el fuego está a punto de apagarse, él cubre la hornilla para mantener el calor de ambos. Dos velas tardías, temblorosas y juntas, preservan el último soplo de calor de la humanidad.