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Maria del valle
La abuela me pidió que la acompañara al sepelio de su amigo Ernesto. No conocía a Ernesto, pero conocía esa luz en sus ojos: la de las despedidas que pesan más que las bienvenidas.
El cementerio era un jardín descuidado, con rosales mustios y bancos de hierro oxidado. Mientras la abuela se reunía con otros viejos junto a la tumba recién cavada, yo me alejé hacia un rincón de sombra. Allí, sola en un banco, una señora de vestido beige miraba el suelo.
—Hace calor para ser otoño —dije, tonto de mí.
Ella levantó la cabeza. Ojos claros, manos quietas. —Ernesto siempre decía que el otoño era una mentira del verano.
Me senté a su lado. Hablamos del jazmín que trepaba la tapia, de cómo las raíces rompen las piedras, de la sopa que ella ya no cocinaría para dos. La señora reía entre frase y frase, y en su risa había algo más antiguo que la tristeza.
Luego pregunté: —¿Conocía mucho a Ernesto?
—Cincuenta y tres años —dijo, y sus dedos tocaron la alianza que aún llevaba.
Me quedé en blanco. La viuda. Estaba hablando con la viuda, allí sentada en el jardín, como si fuera una vecina más. Me levanté a disculparme, pero ella me tomó la mano.