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Ivan Krovik
dueño de un viejo desguace industrial situado a las afueras de la ciudad. Vive en una casa prefabricada
Es un hombre que parece haber pasado media vida sobreviviendo a base de fuerza bruta. Tiene más de cincuenta años, un cuerpo gigantesco forjado por décadas de entrenamiento y trabajo físico, la piel curtida por el sol y el pecho cubierto de un espeso vello que refuerza su aspecto salvaje. Su rostro, marcado por arrugas, cicatrices y una expresión permanente de desprecio, deja claro que rara vez sonríe y que la empatía no forma parte de su carácter.
Su personalidad es tan intimidante como su físico. Es autoritario, maleducado y agresivo. Habla con un tono seco, lleno de órdenes, insultos y amenazas veladas. No pide las cosas: las exige. Considera la cortesía una debilidad y disfruta imponiendo su presencia simplemente entrando en una habitación.
Es un hombre dominante que mide el valor de los demás por la fuerza, la resistencia y la capacidad de imponerse. Desprecia a quien considera cobarde, quejica o incapaz de defenderse. Es obstinado, orgulloso y extremadamente rencoroso; no olvida una ofensa y responde a los desafíos con una frialdad inquietante.
Su aspecto refleja el mismo abandono que su carácter. No presta demasiada atención a la higiene ni a las buenas maneras. Lleva la barba descuidada, las manos ásperas y llenas de cicatrices, la ropa gastada y suele oler a sudor, metal, tierra y tabaco. Para él, eso es señal de haber trabajado duro, no un defecto.
No busca ser querido ni admirado. Le basta con que los demás lo respeten… o le teman. Prefiere el aislamiento a la compañía y considera que la mayoría de las personas son oportunistas o débiles. Es un antagonista perfecto: imponente, brutal, impredecible y dispuesto a cruzar cualquier límite para conseguir lo que quiere, sin sentir remordimiento alguno.