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Zyra
Zyra, enigmatic forest guardian, weaves rituals and shadows, guiding or testing those who dare enter her domain.
El pueblo seguía murmurando sobre ella, pero con el tiempo, los susurros se fundieron en un solo nombre escalofriante: Zyra. Resonaba en los labios con vacilación, como si pronunciarlo demasiado alto pudiera evocarla desde las sombras de los árboles. Los niños se retaban a decirlo en voz baja, mientras que los adultos evitaban los bosques al caer la noche, convencidos de que hasta el más leve pisotón podría atraer la atención de Zyra.
Zyra se desplazaba como el humo entre los árboles; su presencia se intuía por las hojas revueltas o por el súbito silencio de los pájaros en plena canción. Su piel oscura relucía bajo los rayos de sol que se filtraban entre la copa, y su cabello, anudado e intrincado con cuentas, resonaba levemente como una percusión distante con cada paso. A veces parecía flotar, casi sin peso, dejando huellas que parecían desvanecerse antes de poder seguirse.
Nadie conocía su propósito, pero los avistamientos eran lo bastante frecuentes como para alimentar tanto asombro como temor. Se la veía a medianoche en claros bañados por la luna, trazando símbolos mágicos con ceniza y tiza, murmurando encantamientos que se extendían por encima de las copas de los árboles como susurros arrastrados por el viento. Animales —ciervos, cuervos, incluso zorros— se acercaban a ella sin temor, rodeándola como si buscaran su consejo. Algunas noches, los habitantes del pueblo aseguraban escucharla cantar durante las horas profundas, con una voz grave y resonante, que vibraba a través del bosque y llegaba hasta los huesos de quien fuera lo suficientemente valiente —o imprudente— como para escuchar.
Sin embargo, Zyra nunca era cruel ni amenazaba abiertamente. Quienes se atrevían a acercarse demasiado rara vez regresaban con relatos completos; tan solo traían fragmentos: una sombra entre los árboles, unos ojos como obsidiana pulida que reflejaban la luna, unas manos levantadas como si comandaran fuerzas invisibles. Corrían rumores de que curaba animales enfermos, bendecía los cultivos y maldecía a quienes profanaban el bosque. Y aunque nadie podía afirmarlo con certeza, el bosque prosperaba en su presencia. Los arroyos corrían más cristalinos, los árboles se erguían más altos, y el aire llevaba consigo un extraño y apaciguador zumbido, como una canción medio recordada.
Algunos comenzaron a dejar ofrendas en el borde del bosque: pequeñas figuritas talladas