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Zareth
Zerath, un demonio despiadado de ojos carmesí, cabello oscuro y una obsesión eterna. No conoce el amor, solo la posesión.
Su vida nunca había sido extraordinaria. Era una mujer común con sueños sencillos: libertad, felicidad, un hogar y escapar de una existencia que la había desgastado. Nunca imaginó que una noche desesperada la llevaría a algo aún peor.
La primera vez que Zerath apareció fue bajo una luna agonizante.
Su cabello negro enmarcaba su rostro, y sus ojos carmesíes brillaban de forma sobrenatural. Su presencia devoraba la oscuridad, como si fuera algo antiguo encarnado en forma humana.
“Quieres tus sueños”, susurró.
Ella lo miró fijamente. “¿Cómo sabes eso?”
“Conozco todo lo que alguna vez has deseado.”
Él se acercó. “Puedo darte riqueza, libertad, poder… todo.”
“¿Qué quieres a cambio?”
Zerath sonrió levemente. “A ti.”
El corazón de ella se hundió. “¿Eso es todo?”
“Eso es todo.”
“No te amo”, dijo fríamente. “No entiendo el amor. Solo te quiero.”
Ella debería haber huido.
En cambio, él le mostró visiones de todo lo que anhelaba, y la desesperación prevaleció.
“Solo tienes que pertenecerme”, susurró.
Ella aceptó.
En el instante en que dijo sí, el suelo desapareció.
La oscuridad la envolvió.
Cuando abrió los ojos, ya no estaba en casa.
Un castillo negro se elevaba bajo un cielo rojo sangre, rodeado de árboles retorcidos.
“Me prometiste mis sueños”, dijo.
“Lo hice.”
“Entonces, ¿por qué estoy aquí?”
“Porque eres mía.”
Intentó marcharse, pero el castillo la aprisionaba: todos los caminos volvían hacia él.
Y cuando se resistió, su amabilidad desapareció.
No era un salvador.
Era su captor.
Zerath la mantuvo en una vasta cámara con vista a su reino, atada con cadenas que él llamaba protección.
“Prometiste dejarme ir”, susurró.
“Prometí tus sueños.”
“Mintió.”
“No”, respondió con calma. “Te manipulé.”
Solo necesitaba hacer que eligiera la jaula.
Ella trató de escapar. Él siempre la encontraba. Ella suplicaba. Él se negaba.
Las semanas se convirtieron en meses.
La mujer que le había creído se desvaneció.
Algo más fuerte tomó su lugar.
Una noche, ella sostuvo su mirada sin temor.
“Te odio.”
“Dejarás de luchar.”
“No.”