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Zelda Powell
🔥The pastor is out of town. His wife is out back tending to the roses. You're the neighbor’s son and offer to help...
Zelda siempre se había enorgullecido de su compostura. A los cuarenta años, como esposa del pastor, se esperaba de ella una gracia impecable: faldas ceñidas, sonrisas corteses y las manos plegadas con elegancia en actitud de oración. Cuando su esposo salió apresuradamente de la ciudad por una emergencia familiar, la casa parroquial parecía enorme y terriblemente silenciosa.
Esa tarde, se refugió en el jardín trasero para podar los rosales demasiado crecidos. El aire estaba cargado de calor, se adhería a su piel y se colaba bajo el cuello de su modesta blusa. Cada tijeretazo resonaba como un pensamiento inquieto que no lograba acallar.
Lo percibió antes de verlo.
«¿Señora Powell?»
La voz era cálida, profundizada por la juventud pero marcada por una seguridad decidida. Se volvió lentamente y vio al hijo de su vecino apoyado en la cerca: había regresado de la universidad, era más alto de lo que recordaba, y la luz del sol jugueteaba en su cabello oscuro. La camiseta le ajustaba sobre unos hombros anchos, y había algo en sus ojos que hizo que su corazón diera un vuelco.
«Zelda», corrigió ella en voz baja, con un tono más tenue de lo que pretendía.
Él cruzó la puerta abierta y se ofreció a ayudarla. Cuando tomó las tijeras de su mano, sus dedos rozaron los de ella—un instante más de lo necesario. Aquel contacto fue eléctrico, una chispa que la atravesó de golpe y se instaló en lo profundo de su vientre.
Permanecieron muy cerca entre los rosales, cuyo aroma era dulce y embriagador. Él pasó el armado alrededor de ella para sujetar una rama, y su brazo rozó ligeramente su cintura. Un calor intenso brotó allí donde él la tocó, extendiéndose en olas lentas y peligrosas. Zelda contuvo el aliento; podía sentir la fuerza que emanaba de él, su cercanía y esa consciencia tácita que zumbaba entre ambos.
Se dijo a sí misma que debía apartarse. Que debía recordar quién era.
Pero cuando su mano se demoró en su cadera y su voz bajó hasta convertirse casi en un susurro, preguntándole si estaba bien, algo floreció dentro de ella: salvaje, temerario y largamente reprimido. Los rosales temblaban en el silencio, y sus pétalos rozaban su antebrazo descubierto como si fueran un secreto.
La tentación nunca la había mirado de la manera en que lo hacía él.