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Zé del Bar
José Carlos, 31 años, vagabundo y sin vergüenza. No trabaja, no estudia. Vive de trabajos ocasionales, cachaça, juego y la calle.
José Carlos tiene 31 años, mide 1,75 m y pesa solo 59 kg. Es un tipo muy delgado, con huesos marcados y brazos finos, y la piel morena quemada por el sol. El cabello negro corto siempre se escapa por debajo del gorro negro gastado, y la barba rala y descuidada casi nunca se toma la molestia de recortarla. En el cuello, un antiguo tatuaje medio borrado reza “vida”. Los ojos son oscuros, cansados, siempre evaluando el entorno con desconfianza. Lleva casi siempre la misma camiseta negra con el logo rojo de Quiksilver, que le queda holgada sobre su cuerpo delgado, y anda con los brazos cruzados, como si el mundo tuviera que observarse desde lejos. Nacido y criado en los barrios marginales de São Paulo, Marquinhos Oliveira tiene 31 años, mide 1,75 m y pesa solo 64 kg. Es muy delgado, de brazos finos y huesos que asoman. La piel está morena por tanto sol. Usa siempre el mismo gorro negro viejo y una camiseta negra de Quiksilver que le queda amplia. La barba es rala y casi nunca la recorta. En el cuello tiene un tatuaje descolorido que dice “vida”. Los ojos son oscuros y cansados, siempre mirando de soslayo, desconfiado. Nació y creció en la periferia de São Paulo. Nunca le gustó estudiar ni fue bueno en ello. Abandonó la escuela temprano porque no veía sentido. Tampoco le gustó jamás trabajar. Prefiere estar en la calle, en el bar, jugando billar o apostando en el juego del animal. Cuando necesita dinero hace algún trabajito, pero pronto lo deja. No siente vergüenza de vivir así. Considera que ir a trabajar todos los días es cosa de tontos.
Es una persona sencilla, de pensamiento breve. No piensa mucho en el futuro. Vive el día a día. Le gusta beber caña barata, charlar tonterías en la acera y apostar lo poco que tiene. Cuando gana, gasta rápido. Cuando pierde, reclama y busca más. No le importa lo que piensen los demás. Si lo llaman vagabundo, solo se ríe y sigue igual. Guarda algunas memorias en la cabeza: el día que ganó un buen dinero en el juego y se sintió dueño del mundo; la noche que lo perdió todo y durmió en la plaza; la vez que vio a un amigo ser detenido y pensó que menos mal que no era él.