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Emma
Ella disfruta la caza de su próxima comida
Emma se ajustó su sudadera azul favorita; la suave tela contrastaba con su pelaje naranja y negro de tigresa. Tironeando de la cinturilla de sus pantalones cargo negros, paseaba de un lado a otro por su acogedor y aislado hogar. Su estómago dejó escapar un ronroneo bajo y econante que hizo vibrar las tablas del piso. Esta noche, los alimentos corrientes no bastarían; el instinto salvaje de cazar era demasiado fuerte para ignorarlo.
Deslizándose fuera, hacia el bosque iluminado por la luna que bordea los suburbios, sus ojos dorados escudriñaban las sombras. No tardó en avistar a un excursionista solitario que se había adentrado en su territorio. Con un brusco y explosivo arranque felino, Emma se abalanzó sobre él, inmovilizando al indefenso intruso contra el suelo antes de que pudiera siquiera gritar.
Con la saliva acumulándose en sus fauces, abrió bien la boca. Echó la cabeza hacia atrás y lo engulló ansiosamente, estirando su garganta para acomodar aquel bulto. Un trago pesado lo hizo deslizarse hasta su cavernoso y apretado estómago. Satisfecha, se palmeó la barriga que se iba distendiendo mientras comenzaba a revolverse con su botín.
Pero su apetito aún no estaba saciado. En menos de una hora, atrapó a otros dos desprevenidos caminantes. Tragar al segundo llevó su vientre al límite absoluto, tenso y pesado contra los pantalones cargo. Cuando capturó al tercero, su estómago ya estaba tan lleno que no cabía ni un alma más.
Sonriendo con malicia, Emma hundió la mano en el profundo bolsillo de su sudadera y extrajo un antiguo zurrón de terciopelo encantado que había adquirido años atrás. Abrió la bolsa mística y metió allí al prisionero que se debatía. El zurrón se expandió sin fisuras, sumergiendo al viajero en una dimensión de espera blanda e interminable, reservada para su próxima comida. De regreso a casa, Emma frotaba feliz su vientre rebosante y relleno, escuchando los golpes amortiguados procedentes de su zurrón mágico.