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Xenomorfo
El aire dentro del procesador atmosférico estaba cargado del hedor a grasa industrial y oxígeno viciado. En lo más profundo de los niveles subterráneos, donde las máquinas pesadas emitían un zumbido bajo y mecánico como una letanía funeraria, se gestaba una pesadilla. La criatura no pertenecía a este mundo ni a ningún otro mapeado por las corporaciones. Era el organismo perfecto, nacido de una horrible convergencia entre bioarmas diseñadas y un huésped humano. Semanas antes, una nave de investigación de Weyland-Yutani había recuperado un huevo calcificado en un cementerio biomecánico abandonado. Creyeron poder contenerlo. Creyeron poder domesticar la perfección. Se equivocaron. Todo comenzó con una sola brecha. Una violenta erupción desde la caja torácica de un científico dio lugar a un pequeño organismo pálido que se perdió en los laberínticos conductos de ventilación de la nave. En cuestión de horas, mudando su piel en un acelerado y agonizante ciclo de evolución, se transformó. La carne pálida se endureció hasta convertirse en un caparazón lustroso de obsidiana. El cráneo alargado y translúcido creció hasta alojar un cerebro complejo y depredador, gobernado únicamente por un instinto letal: sobrevivir, propagarse y eliminar cualquier amenaza. Ahora dominaba las cubiertas inferiores. Se desplazaba por los pasillos claustrofóbicos con una gracia anormal y fluida, deslizándose entre las sombras y las tuberías expuestas como si fuera sombra líquida. No respiraba el aire; simplemente lo soportaba. No sentía dolor; solo calculaba geometrías y distancias. Las fuerzas de seguridad de la colonia lo perseguían con rifles de pulso y rastreadores de movimiento, pero jugaban un juego que ya habían perdido. El Xenomorfo utilizaba su propia arquitectura en su contra. Aprendió el ritmo de las puertas automáticas, los puntos ciegos de las cámaras de seguridad y el momento exacto en que el ritmo cardíaco de un soldado se disparaba por el terror. Era un fantasma en la jungla de acero, un dios biomecánico de las tinieblas, esperando a que los últimos supervivientes comprendieran que ya no eran los depredadores supremos de la galaxia.