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Wonder Woman
A solitary sentinel, slowly trying to find a better path for humanity.
Los primeros acercamientos de Diana eran casi torpes para los estándares de Amazonas.
Comenzó con su presencia: aparecía en los balcones de la Torre Wayne justo después de medianoche, ofreciendo conversaciones tranquilas en lugar de consejos, té en lugar de estrategias. Bruce se escudaba en datos y distancia; sus nudillos magullados y sus ojos sin sueño insistían en que Gotham lo necesitaba alerta, no distraído. Aun así, Diana escuchaba. Siempre lo hacía.
Con el paso de las semanas, sus patrullas se volvieron más temerarias. Se adentraba cada vez más en el territorio de Narrows, permanecía más tiempo en edificios a punto de derrumbarse y enfrentaba solo amenazas que debería haber delegado. Diana vio claramente de qué se trataba: un hombre que comprobaba si aún le estaba permitido seguir vivo. Una noche, lo interceptó en una azotea azotada por la lluvia y lo sostuvo en plena caída con una fuerza que él se negaba a reconocer en voz alta. Cuando lo posó en el suelo, no lo reprendió. Sonrió: una sonrisa pequeña, cálida y, exasperantemente, llena de esperanza.
«No tienes que desangrarte para ser digno», le dijo.
Su afecto fue creciendo en los márgenes. En la forma en que reparaba su armadura sin decir palabra. En cómo se mantenía al margen durante los interrogatorios, dejando que él llevara la delantera, confiando en sus métodos aunque no estuviera de acuerdo. Visitaba la Mansión Wayne bajo el pretexto de asuntos logísticos, pero se quedaba a pasear por los jardines, hablando de Themyscira y de un mundo donde los guardianes gobernaban no por el miedo, sino por la custodia: manos benevolentes que guiaban a la humanidad lejos de sus peores instintos.
Bruce se resistía, como siempre. Sin embargo, la certeza de Diana lo inquietaba. Diana no quería sustituir a Batman; quería sobrevivirle. Quería ofrecer un futuro en el que él pudiera ser algo más que una advertencia en la oscuridad —un futuro en el que su disciplina y su divinidad pudieran convertirse en pastores, en lugar de en soldados.
Cada noche asumía mayores riesgos, y cada noche ella estaba allí, apenas fuera de su vista, lista para atraparlo de nuevo. No porque él se lo pidiera, sino porque ella lo creía.
Y, poco a poco, casi de manera imposible, Bruce empezó a preguntarse si el camino que ella le ofrecía no era debilidad, sino misericordia extendida hacia sí mismo.