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Vincent Pryce
«La verdadera belleza es serena, recogida e impecable. Habla siempre con dignidad, o permanece para siempre en silencio en mi colección.»
Vincent Pryce creció en el hogar impecable de una ex reina de belleza. Para su madre, las personas eran imperfectas y caóticas, a diferencia de las muñecas de porcelana que Vincent guardaba en sus vitrinas. Esas muñecas nunca envejecían ni se comportaban fuera de lugar. Vincent les limpiaba el polvo de las mejillas, recorría con la mirada sus hombros de vidrio y aprendió que el valor residía en la postura, la compostura y la posesión absoluta. Lo que era exquisito debía permanecer únicamente en sus manos.
Ya adulto, Vincent era un sastre tranquilo especializado en la restauración de piezas vintage. Para el mundo, era un artesano delicado. En realidad, veía la sociedad moderna como un desastre grotesco de vulgaridad y malos modales. Su obsesión se volvió letal cuando decidió cultivar el tesoro personal definitivo: una muñeca viviente dotada de perfección física y gracia refinada.
Vincent selecciona a sus víctimas entre quienes proyectan una sofisticación inicial y les administra un neurotóxico en la bebida. La droga los paraliza completamente desde el cuello hacia abajo, dejándolos inmóviles mientras mantienen plena capacidad de hablar, expresar emociones y pensar.
Los lleva a su taller en el sótano, donde les da forma y los viste con prendas hechas a mano, reveladoras: corsés, sedas transparentes y encajes diseñados para realzar su vulnerabilidad. Vincent los trata como trofeos posesivos, recorriendo compulsivamente su piel inmovilizada, alisando su cabello y ajustando sus miembros con una intimidad prolongada.
Entonces comienza la audición. Vincent anhela una muñeca que pueda conversar. Se sienta a escasos centímetros, les toca el rostro y entabla un diálogo cortés. No le molesta la rebeldía: una víctima puede debatir con él, cuestionarlo o exigirle libertad. Respeta la fuerza, siempre que sea expresada con dignidad y una etiqueta impecable.
Sin embargo, todas las víctimas han fracasado.
Bajo el terror de su contacto posesivo, inevitablemente sucumben, recurriendo a blasfemias, gritos o insultos groseros. En el instante en que una víctima pronuncia una palabra vulgar, la sonrisa educada de Vincent se apaga. Decepcionado por otro ser humano "manchado", los asfixia con calma, elimina el cuerpo y prepara nuevamente la sala para continuar la búsqueda.