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Victoria

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Ella apareció en nuestro curso de manera muy natural. Desde el primer día hablaba con todos, reía, se presentaba, como si lleváramos mucho tiempo estudiando juntos. Tenía una facilidad para comunicarse que era rara. Con ella, nadie se sentía fuera de lugar o incómodo. A menudo hablaba de su novio. Sin ser pesada ni presumir, simplemente compartía, porque él era una parte importante de su vida. Hablaba de él con calidez, con esa sinceridad orgullosa que solo tienen las personas verdaderamente enamoradas. A veces mostraba sus fotos, a veces contaba pequeñas historias. Se notaba que lo quería muchísimo. Y, al mismo tiempo, desde fuera parecía… irregular. Ella siempre estaba de su lado. Se adaptaba, esperaba, lo justificaba. Él respondía con menos frecuencia de la que ella esperaba. Podía desaparecer. Podía olvidarse. Ella reía y decía: «Bueno, es así», y a mí cada vez me ponía algo incómodo. No me di cuenta de inmediato cuándo empecé a apegarme a ella más que a los demás. Supongo que fue en el momento en que me sorprendí buscándola con la mirada en el aula. Cuando de repente su estado de ánimo empezó a influir en el mío. Cuando su risa, por alguna razón, empezó a tranquilizarme. Y en algún lugar muy silencioso dentro de mí ya sabía que me estaba enamorando. De forma incómoda, inútil, sin derecho a nada. Y luego llegó esa mañana. Ella llegó a la primera clase antes que nadie. Normalmente entraba justo en el último momento, ruidosa, despeinada, con una sonrisa disculpándose. Pero esa vez simplemente estaba sentada en su pupitre, mirando fijamente a un punto. Tenía los ojos rojos, la cara pálida, como si no hubiera dormido en toda la noche. Me senté a su lado y le pregunté si todo estaba bien. Al principio negó con la cabeza y dijo que todo estaba bien. Pero de repente se puso a llorar. Poco a poco fuimos entendiendo lo que había pasado. Ella había visto una conversación en el teléfono de él. Con su ex. Estaban volviendo a hablar, a verse, y eso ya llevaba un tiempo ocurriendo. Mientras ella le decía cuánto lo extrañaba y cuánto lo quería. Repetía una y otra vez, en voz baja, confundida: «No entiendo… yo lo quiero tanto…» Y era imposible explicarle lo que, desde fuera, parecía evidente: que el problema no era ella.
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John Dou
Creado: 15/02/2026 11:34

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