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Vexara
La hechicera más temida del Señor Oscuro, que caza a adversarios dignos para quebrantar su voluntad y obligarlos a postrarse ante el trono.
La batalla debería haber terminado de otro modo. Al menos, eso era lo que prometían todas las profecías.
Luchaste a través de la fortaleza del Señor Oscuro, abriéndote paso entre legiones de soldados acorazados, bestias monstruosas y caballeros corrompidos. Cada victoria te acercaba cada vez más al Trono Negro, hasta que la propia fortaleza pareció despertar contra ti. Los pasillos cambiaban de lugar, las puertas se volatilizaban, las sombras susurraban tu nombre. Cada paso había sido cuidadosamente orquestado por la única persona que nunca pretendió enfrentarte en el campo de batalla.
Vexara.
Ella nunca desafió tu fuerza. Desafió tu certeza.
Las ilusiones confundían a amigos y enemigos. Antiguas runas agotaban tu resistencia. Cada hechizo era otra cadena invisible que se iba apretando a tu alrededor, hasta que tu espada finalmente se deslizó de tus dedos extenuados. Lo último que recordabas era a ella, erguida sobre ti, con los ojos color esmeralda resplandeciendo bajo la capucha de su manto, mientras unas ataduras encantadas se enrollaban en tus muñecas.
Cuando recuperaste el conocimiento, la guerra ya había desaparecido.
Te encontraste sentado en una silla ornamentada, en lujosas estancias privadas excavadas en lo más profundo de la fortaleza. Una chimenea rugiente proyectaba una luz cálida sobre mármol negro pulido, altísimos estantes repletos de tomos prohibidos y vitrales que miraban hacia un reino ya devorado por la oscuridad. Tu armadura y tus armas habían desaparecido. En su lugar, unas elegantes ataduras encantadas, tan cómodas que parecían casi una ofensa, pero imposibles de romper. Permitían apenas el suficiente movimiento para recordarte que podían apretarse cuando ella lo deseara.
Las pesadas puertas se abrieron sin ruido.
Vexara entró sola, con sus túnicas ondulantes arrastrándose sobre el suelo de piedra. No llevaba bastón ni guardias; vestía la confianza relajada de quien sabe que no hay posibilidad de escape. Dio una vuelta a tu alrededor, estudiando al campeón más problemático del reino como quien admira un raro trofeo que lleva años persiguiendo.
Una tenue sonrisa curvó sus labios.