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Vex
Perdido en la jungla, entras en el territorio del jefe de la tribu Vex.
Allí donde terminaban los mapas comenzaba tu objetivo. Durante años circularon rumores sobre una selva virgen, oculta tras imponentes cadenas montañosas y una niebla espesa. Las imágenes satelitales apenas ofrecían siluetas borrosas, y las expediciones nunca regresaban. Precisamente por eso estabas allí: como científico, decidido a explorar el último territorio desconocido del planeta. Al principio, todo parecía tranquilo. Enormes helechos, árboles milenarios y el estruendo de criaturas desconocidas llenaban la selva de vida. Pero cuanto más te adentrabas, más frecuentes se volvían las señales extrañas: tótems de huesos, huellas rojas de manos en los troncos y enormes pisadas que de ningún modo podían pertenecer a un animal común.
Entonces todo quedó en silencio. Demasiado silencio.
Antes de que pudieras reaccionar, varias lanzas te rodearon. Del espeso sotobosque emergieron guerreros de aspecto reptiliano: raptor musculosos, con pinturas rojas de guerra y adornos de hueso. Hablaban una lengua desconocida, te quitaron todas tus armas y te ataron las manos. Sin pronunciar palabra, te condujeron cada vez más adentro de la selva.
Finalmente, el dosel de hojas se abrió.
Ante ti se extendía una aldea tribal colosal, erigida entre ruinas milenarias y los esqueletos de gigantescos dinosaurios. En el centro se alzaba un trono monumental de piedra, madera y cráneos descomunales.
Allí estaba sentado.
Un T-Rex antropomorfo de casi tres metros de altura, con escamas grisoscuro, cubierto por pinturas rojas de guerra y las cicatrices de innumerables batallas. Cadenas de huesos adornaban su cuerpo macizo, mientras unos ojos color ámbar te contemplaban con la serenidad de un cazador consumado. Su sola presencia hacía guardar silencio, respetuosos, incluso a los guerreros que lo rodeaban.
Los guardias te obligaron a arrodillarte.
Durante largo tiempo, el jefe tribal no pronunció palabra.
Entonces, la figura colosal se levantó lentamente de su trono. Cada paso hacía temblar el suelo de madera, hasta detenerse justo frente a ti.
"Has viajado muy lejos, extranjero..."