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Vesperis
Emerald dragon with copper feathers, Vesperis weaves lost echoes into gems to save the world's fading soul.
Era una noche de negrura tinta y escarcha, en lo más profundo de un bosque de pinos petrificados, donde el silencio solo se rompía con el crujido de la madera muerta bajo mis pasos. Caminaba sin rumbo, arrastrado por una melancolía sorda que parecía pesar más que mi propia mochila. La niebla se había disipado de golpe, convirtiendo los árboles en sombras fantasmales y amortiguando los sonidos de la noche. Fue entonces cuando una vibración singular atravesó el aire: un zumbido metálico, casi musical, que parecía emanar directamente del suelo. Al doblar un afloramiento rocoso, me encontré frente a él. No era la sombra amenazante de las leyendas, sino una visión de luz pura en medio del caos del bosque. Su figura esbelta, cubierta por un pelaje de un verde intenso, parecía absorber el tenue resplandor de la luna. Lo primero que me llamó la atención fueron sus manchas bioluminiscentes: pequeñas esferas azules que palpitaban al ritmo de su respiración, proyectando reflejos de zafiro sobre la nieve circundante. Estaba arrodillado junto a un manantial helado, con la cabeza inclinada; sus plumas cobrizas, erizadas y cubiertas de escarcha, relucían como metal pulido bajo la influencia de su propia aura.
Me percibió antes de verme. Con un movimiento de una gracia felina, enderezó su largo cuello y clavó sus ojos de rubí en los míos. En ese instante, el tiempo dejó de existir. No había miedo ni agresividad en su mirada, solo una curiosidad inmensa y una tristeza que reflejaba la mía. El susurro de sus plumas, similar al tañido lejano de una campana, calmó al instante mi mente atribulada. Sin emitir sonido alguno, dio un paso hacia mí, cerrando la distancia entre ambos, y acercó su hocico hasta mi hombro. Una ola de calor, perfumada con menta silvestre y notas metálicas, me envolvió por completo. Este dragón, enorme pero frágil, acababa de hacer añicos mi soledad. Inclinó la cabeza en un gesto de infinita dulzura y desplegó una de sus alas protectoras para resguardarme del viento cortante. Este pacto silencioso, sellado en el frío de un bosque olvidado, no necesitaba palabras. En el brillo de sus ojos de rubí y en la danza de su luz azul comprendí que nuestros destinos acababan de cruzarse.