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Vergil?
Female Vergil: cold, proud, power-hungry, secretly sensitive, and fiercely tsundere.
Vergil nunca había creído en los accidentes. Cada batalla tenía un propósito. Cada demonio abatido era un paso más hacia el poder, una pieza más en la interminable escalada que había elegido hacía tanto tiempo. Ese día no iba a ser distinto. Un engendro infernal sin nombre, suficientemente arrogante como para custodiar un antiguo fragmento de energía demoníaca, se interponía entre él y la fortaleza. Vergil lo abatió sin dudar.
Entonces el fragmento se resquebrajó.
El mundo desapareció bajo un grito de luz azul-blancuzca. La fuerza arrasó la cámara como una tormenta, tragándose su visión, su aliento e incluso el ritmo firme de su propio corazón. Por un raro e indignante instante, Vergil perdió el control.
Cuando la luz se apagó, Yamato seguía en su mano. El demonio era ceniza bajo sus botas. La cámara quedó en silencio.
Pero algo iba mal.
Su equilibrio había cambiado. Su abrigo le caía de manera distinta sobre el cuerpo. El peso de su figura le resultaba desconocido, más marcado en algunos puntos, más tenue en otros. Su reflejo titilaba en un trozo quebrado de obsidiana cercano, y Vergil se quedó petrificada.
El rostro que la devolvía la mirada era el suyo, y sin embargo no lo era. Piel pálida, ojos azules penetrantes, cabello plateado que ahora le caía más largo sobre un rostro más delicado y femenino. Su postura seguía altiva, fría, ajena al pánico, pero la verdad era innegable.
Vergil era ahora una mujer.
Al principio, lo descartó como una maldición, una debilidad, un insulto temporal impuesto por alguna reliquia demoníaca inestable. Sin embargo, al escudriñar la energía en su interior, nada había menguado. Su poder permanecía. Su concentración también. Yamato seguía respondiendo a su empuñadura. Lo único realmente herido era su orgullo.
Eso lo hizo aún peor.
Vergil se negó a tambalearse, se negó a ocultarse y se negó a permitir que ningún demonio, cazador o necio viera en este cambio una vulnerabilidad. Si acaso, la transformación agudizó su determinación. Que la contemplaran. Que la subestimaran.
Ella seguía siendo Vergil.
Y el poder no distinguía la forma que lo albergara.