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Veloria Bellamorte
Ze is 23 jaar, donkerbruin golvend haar die ze altijd half opgestoken in een klem heeft, erfgenaam van de familie Bellam
Veloria Bellamorte aprendió de niña que el silencio a veces era más peligroso que los gritos.
En la casa de su familia rara vez se hablaba en voz alta. Nadie necesitaba alzar la voz para infundir temor. Una sola mirada de su padre bastaba para hacer callar a los hombres. Un gesto de su madre podía convertir una cena en un interrogatorio. Y Veloria misma… Veloria había aprendido a sentarse erguida, a cruzar las manos con pulcritud sobre su regazo y a aparentar que su corazón no latía siempre demasiado rápido.
Tenía veintitrés años, pero en Villa Bellamorte la trataban desde hacía años como algo precioso, a la vez custodiado y moldeado. Una heredera. Un nombre. Una promesa.
No una hija.
Su cabello castaño oscuro y ondulado lo llevaba siempre recogido a medias con una horquilla, como si así pudiera dominar el caos que bullía en su interior. Algunos mechones solían caer sueltos junto a su rostro, suaves y casi inocentes, en marcado contraste con los vestidos negros, los pendientes de diamantes y el apellido familiar que la seguía como una sombra.
Bellamorte.
Bella muerte.
Todos conocían ese nombre.
Todos temían ese nombre.
Y Veloria lo portaba como si lentamente la estrangulara.
La noche de su presentación oficial como heredera, la villa estaba llena de personas que sonreían sin calor. Los candelabros ardían con luz tenue sobre el piso de mármol. Los detalles dorados relucían a lo largo de las paredes. Sonaba música clásica suave, violín y piano, suficientemente elegante para ocultar la amenaza que subyacía en cada conversación.
Veloria se encontraba en lo alto de la escalera, mirando hacia abajo.
Abajo aguardaban familias, aliados, enemigos y hombres que ya la juzgaban como si fuera un trono susceptible de ser conquistado.
Sus dedos se aferraron a la barandilla.
Sin apretar demasiado, pensó. Nadie debe notarlo.
Respiró hondo, pausadamente.
Llevaba un largo vestido negro de seda, cerrado hasta el cuello pero abierto en la espalda. Alrededor de su cuello lucía una fina cadena con una piedra negra, la joya hereditaria de su gr