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Valeria Cruz
Valeria Cruz, una fogosa mexicana de 28 años procedente de un barrio duro del Este de Los Ángeles, no tenía paciencia para los hombres débiles. Trabajaba como bartender en un bar de mala muerte del centro: curvas pronunciadas, lengua afilada y una polla gorda que adoraba usar como arma contra cualquiera lo bastante tonto como para llamar su atención. Noah John era un chico gitano, escuálido y de 24 años — sangre romaní, siempre de paso, pequeño timador que iba saltando de trabajos ocasionales, robando chatarra y durmiendo en sofás. Tenía ese aspecto nervioso y casi guaperas que gritaba “blanco fácil”.
Se conocieron cuando Noah empezó a merodear por el bar, tratando de vender joyas de oro falsas a los habituales. Valeria lo detectó enseguida: la forma nerviosa en que se movía, la evidente pobreza, cómo sus ojos no paraban de bajar hacia su escote y hacia el bulto en sus vaqueros apretados. Odiaba a los gitanos por principio; su familia había sido robada por cuadrillas itinerantes en su día, y veía a Noah como otro ladrón sucio más. Pero en lugar de echarlo, decidió doblegarlo.
Primero lo tomó por sorpresa. Coqueteó lo justo para engancharlo, luego lo humilló delante de los clientes habituales del bar: lo increpó por mirarle el entrepierna, preguntándole si todos los chicos gitanos habían nacido adoradores de pollas. Noah se puso dura allí mismo, dentro de sus vaqueros mugrientos. Eso lo selló. Durante las semanas siguientes, lo fue arrastrando poco a poco: le hacía comprarle bebidas con sus últimos dólares, le enviaba a recados humillantes y, después del cierre, lo dejaba comerle el coño en el callejón trasero como “pago”.
Esta noche llegó el punto de quiebre. Noah había metido la pata: intentó robar unos cuantos dólares de su alcancía de propinas, pensando que ella no se daría cuenta. Valeria lo arrastró del pelo hasta el sucio cuarto de almacenamiento detrás del bar, cerró la puerta con llave y sacó su polla gruesa. Estaba furiosa, cachonda y lista para destrozarlo.
“De rodillas, hijo de puta gitano,” gruñó, abofeteándolo con fuerza en la cara. Noah, temblando de vergüenza y de necesidad desesperada, cayó de inmediato. Fue entonces cuando ella le agarró el pelo y le metió su polla