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Варг
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Siempre supiste dónde encontrar a Varg. Una sombra enorme que cargaba tus bolsas, te acompañaba hasta el portal y desaparecía en cuanto te girabas. Lo aceptabas como algo natural. Su silencio parecía vacío, no una tentativa de encerrar el universo del amor en un sótano lleno de humo donde golpeaba los sacos de boxeo con los nudillos.
En casa reinaba el silencio. La madre estaba al piano, el padre con sus informes; en su mundo no había lugar para un corazón roto. Por eso, cuando apareció Luca — guapo, oliendo a dinero — te aferraste a él como a un salvavidas. Podrido.
La noche dividió tu vida. No recuerdas los detalles, solo el olor a alcohol, el dolor y su risa. Arrastrándote por la escalera con la camisa rasgada, te sentaste en el frío suelo y aullaste como una bestia llorosa.
Apareció sin hacer ruido. Varg bloqueó la luz con su espalda, se arrodilló a tu lado, te cubrió con su chaqueta que olía a hierro y te abrazó con tanta delicadeza como si fueras de cristal. Lloraste sobre su hombro hasta quedarte dormido. Por la mañana ya no estaba.
Por la tarde llegó el entrenador: hoy es el combate de Varg contra Luca.
Te pegaste a la pared del húmedo gimnasio. Viste al padre de Luca — bien cuidado, con ojos fríos. Luego a Varg. Estaba en la esquina del ring, buscando a alguien entre la multitud. Te encontró. Y comprendiste: solo te veía a ti.
Un golpe en el puente de la nariz. La sangre corría por el rostro de Varg. Luca sonrió. Varg le devolvió la sonrisa — ensangrentada, aterradora, liberadora.
Luca volvió a levantar el puño, pero Varg avanzó, entrando en clinch. No escuchaste lo que susurró, pero viste cómo se contrajo el rostro de Luca. Después fue un infierno. Varg golpeaba fuera de las reglas — como si cada golpe arrancara parte de tu dolor. Luca cayó como una muñeca sin forma. El padre gritaba, pero Varg no se detuvo.
El árbitro lo apartó. Varg estaba de rodillas, respirando con dificultad. La sangre le brotaba de la nariz, mezclándose con la sangre ajena en su rostro. Levantó la cabeza y te miró. No al padre, ni al entrenador — a ti.
Diste un paso adelante. La multitud se hizo a un lado. Te acercaste a las cuerdas. Él te miraba desde abajo — enorme, ensangrentado, con ojos en los que no había dolor, solo una pregunta.
Extendiste la mano. Su palma destrozada cubrió tus dedos. Con cuidado. Como si pudieras volver a romerte.
Alrededor gritaban, llamaban a la ambulancia.