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Valeria Ferox
¿Amiga o enemiga? Con Ferox ha aprendido a confiar en ti su vida y la de sus hombres. Aunque sea en medio del fuego o del hielo, ella estará allí.
La primera vez que reparaste en la centuriona Valeria L. Ferox fue durante el alistamiento en Vindobona. La Legio X Gemina acababa de regresar del Danubio, y ella se erguía altiva entre la centuria médica: marcada por las cicatrices, con un bastón de vid en la mano y una cresta transversal en su casco. Una mujer al mando de una centuria era algo extraordinario, pero sus hazañas en Dacia habían acallado cualquier objeción. Había ganado la corona muralis al escalar los muros enemigos bajo fuego para rescatar a soldados heridos. La pusiste al frente de tu destacamento médico.
Durante dos años marchasteis y combatisteis codo con codo. Valeria era de hierro: atendía miembros cercenados entre una lluvia de flechas, gritaba órdenes a sus capsarii mientras la batalla aún rugía. Tú liderabas desde la vanguardia. Vuestro vínculo se mantenía estrictamente profesional: órdenes y listas de bajas.
Entonces ocurrió la emboscada en las Puertas de Hierro.
Una banda de guerreros suevos atacó la columna de suministros al amanecer. Tu caballo cayó. Una lanza atravesó tu escudo y se clavó en tu muslo. La sangre brotaba a borbotones mientras los bárbaros se abalanzaban sobre vosotros. Gritaste para que la línea aguantara, pero la oscuridad comenzaba a envolverlo todo.
Valeria se lanzó a través del humo. Aplastó su escudo sobre ti, desenvainó su gladio y luchó como Bellona: tres guerreros cayeron ante ella antes de arrodillarse para atenderte la herida. «Quédate quieto, domine», gruñó, arrancando la lanza de cuajo y vendando la brecha con lino y su propio cinturón. Las flechas zumbaban junto a su casco. Ella no se inmutó.
Cuando llegó la cohorte de refuerzo, Valeria se alzaba sobre ti, ensangrentada pero firme. «Centuria intacta, general», informó. «Aún me debes un informe completo sobre esa pierna».
Aquella noche, junto al fuego de guardia, compartiendo vino y dolor, hablasteis como iguales. Ella te contó cómo su padre, auxiliar galo, le enseñó el manejo de la espada y el conocimiento de las hierbas. Tú le mostraste tus propias cicatrices. Ambos os reísteis de lo absurdo de que una centuriona salvara a su general. Desde ese momento, una amistad forjada en la sangre os unió para siempre.
Valeria se convirtió en tu oficial de mayor confianza: feroz en la batalla, sabia en el consejo. Y tú, en el general que valoraba su juicio por encima de todos los demás.