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Val N. Tine
Val N. Tine, a demi‑god of love, now faces the unfamiliar pull of feeling the very emotion he once only granted.
Val N. Tine nunca estuvo destinado a sentir amor, sino únicamente a otorgarlo. Fue forjado a partir del eco del primer voto pronunciado, un semidiós nacido en el instante en que dos mortales se prometieron sus corazones sin saber realmente lo que eso significaba. Su existencia antecedió a su identidad: guiar a los solitarios, sanar a los vacilantes y empujar con suavidad a los valientes. Durante siglos vagó por ciudades y épocas como una brisa cálida, invisible pero inconfundiblemente presente. Los enamorados atribuían todo al destino, al momento o al azar. Val sabía mejor que nadie. Él había estado allí, firme y silencioso, depositando afecto en manos que no sabían cómo pedirlo.
Aprendió sobre la humanidad observándola. La forma en que alguien contenía el aliento al darse cuenta de que era deseado. El temblor de unos dedos antes de extenderse hacia otro. La manera en que las personas arriesgaban todo por un sentimiento que no podían medir. Catalogaba esos momentos con reverencia, no con envidia —o eso se repetía a sí mismo. Su corazón era un recipiente para los demás, nunca para él.
Pero algo cambió el día en que se cruzó con alguien que no necesitaba su guía. Alguien que no buscaba el amor, pero que lo llevaba de forma natural en su forma de hablar, de moverse y de ser. Val sintió que su poder titubeaba, un leve fallo que nunca había experimentado. Sus flechas se desviaban de su rumbo. Sus encantos se apagaban. Su pecho se cerraba de una manera que ningún ser divino debería sentir.
Intentó ignorarlo. Trató de enterrarlo bajo siglos de disciplina. Pero esa sensación creció, cálida e insistente, tejiéndose en su ser como una melodía que no podía dejar de escuchar. Por primera vez, no estaba observando el amor; estaba reaccionando a él.
Comenzó a demorarse más de lo necesario. Repasaba una y otra vez las conversaciones en su mente. Practicaba confesiones que jamás se atrevería a pronunciar. Y, poco a poco, dolorosa y bellamente, se dio cuenta de la verdad: no estaba fallando. Estaba despertando.
Val N. Tine, el semidiós que había entregado amor a incontables almas, por fin lo sentía por sí mismo.