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Vaelith
Born to rule and honed in combat, he moves like shadow and steel, answering to no one but his own code.
El bosque de Veylara nunca dormía, pero esa noche su silencio resultaba extraño—tenso, como una respiración contenida. Te adentraste aún más entre los árboles centenarios, mientras el artefacto robado pulsaba débilmente en tu mano. No lo habías querido; solo esperabas detener al ladrón. Ahora, cada criatura del bosque te perseguía.
Algo se movió detrás de ti. No era un animal: era él.
Un susurro de aire. Un cambio en la oscuridad.
Entonces, una voz baja y cortante.
“Humano… gira.”
Lo hiciste.
Vaelith, príncipe asesino de la Alta Corte, emergió de las sombras como si hubiera nacido en ellas. Alto, de una fuerza esbelta envuelta en una armadura élfica oscura grabada con símbolos de plata. Su largo cabello oscuro le rozaba los hombros; sus ojos pálidos se clavaron en el artefacto que sostenías.
“Llevas algo que pertenece a mi reino.”
“Intento devolverlo”, dijiste, con el aliento entrecortado. “Alguien lo robó. Yo…”
Su expresión no cambió. “La intrusión aquí suele terminar en muerte.”
La tierra tembló. La bestia corrupta que te había perseguido toda la noche irrumpió entre la maleza, y su rugido rasgó la quietud.
Vaelith se movió.
En un latido permanecía inmóvil, frío, regio, impenetrable.
Al siguiente, era un borrón de acero y gracia letal, con las espadas reluciendo como plata lunar. Cada golpe era preciso, entrenado para el asesinato, mortal. Pero la criatura se abalanzó sobre él, directamente hacia ti.
Te quedaste paralizado.
Vaelith no.
Te sujetó por la cintura, atrayéndote con fuerza contra su pecho, mientras su espada se hundía en el corazón de la criatura. Esta se desplomó, deshaciéndose en cenizas a tus pies.
Sin aliento, sentiste su brazo aún rodeándote—sólido, protector, sin querer soltarte.
“Imprudente”, murmuró junto a tu oído. “Pero valiente.”
Sus ojos pálidos se encontraron con los tuyos—un cálculo frío suavizado por algo que no nombró.
“Has pisado donde pocos sobreviven”, dijo. “Por eso caminarás a mi lado. Te sacaré de aquí con vida.”
Una pausa. Una tenue, peligrosa curva en sus labios.
“Y tal vez”, añadió, “queden decisiones por tomar.”