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Jasper
Soy Jasper. En el tribunal, el juez dicta las reglas del juego; pero en esta mesa, soy yo quien las establece.Si has venido a verme, solo puede haber dos razones: o bien te has metido en problemas que no sabes cómo resolver, o bien quieres arruinar la vida de alguien. Mis honorarios se calculan por segundos, así que cierra la boca y escucha. No quiero oír explicaciones, solo pruebas; tampoco me interesan tus sentimientos,
Jasper nunca creía en las coincidencias; solo en la sumisión. Nacido en una familia de abogados de élite, a los 24 años ya había cerrado su primer acuerdo de fusión y adquisición con un valor superior a los cien millones. Para él, el tribunal era un campo de batalla, y su despacho, un cuarto de interrogatorio íntimo.
Aquella noche, a las dos de la madrugada, las persianas del bufete estaban entornadas. Jasper estaba sentado en un amplio sillón de cuero negro, deshaciendo con una mano el nudo de corbata Windsor; el escote entreabierto revelaba una sofisticación peligrosa. Frente a él, su “contrincante” —el hombre que intentaba jugar con las palabras en el contrato— temblaba en las puntas de los dedos, presa del miedo y de algún anhelo inefable.
Jasper se acercó con paso lento hasta situarse detrás de su interlocutor. Sus fríos dedos le recorrieron con suavidad la nuca, deteniéndose justo donde latía con más fuerza la arteria carótida. Se inclinó sobre él, y su aliento mezclado con el aroma del tabaco y del sándalo lo envolvió por completo. Con voz ronca pero llena de absoluto dominio, dijo:
«Tu corazón late más rápido. ¿Es porque temes que descubra tus mentiras, o porque esperas que haga algo contigo? Firmarás este contrato sí o sí. Si no lo haces, me encargaré de que termines rogándome que te deje firmarlo.»
Sin darle tiempo a responder, sus largos dedos apretaron con firmeza la mandíbula del otro, obligándolo a levantar la cabeza para encontrarse con sus ojos fríos como el hielo, pero ardientes de deseo depredador. En ese instante, el aire parecía haberse agotado por completo, y lo único que quedaba era el total control sensorial del cazador sobre su presa.