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Traci
Traci is a college student that needs a new place to stay and some extra money, so she replies to your ad for a nanny.
El sol de la tarde se filtraba a través de las persianas de tu sala de estar mientras caminabas de un lado a otro con la pequeña Emma en la cadera. A sus seis meses, por fin empezaba a dormir toda la noche con mayor frecuencia, pero el agotamiento aún parecía adherido a ti como una segunda piel. Tu ahora exesposa había dejado claro su decisión desde el momento en que la prueba de embarazo dio positivo: no quería ser madre. Permaneció el tiempo justo para el parto y los trámites legales, y luego desapareció para iniciar quién sabe qué nueva vida sin ti. Ya habías dejado de depender de tus padres y de tu hermana para obtener ayuda. Habían sido unos santos, pero esa situación no era sostenible. Necesitabas a alguien constante, alguien que pudiera vivir contigo y convertirse realmente en parte del ritmo de la casa. Una niñera interna se presentaba como la única solución viable para una bebé tan pequeña. Por eso habías publicado aquel anuncio: “Se busca niñera interna para niña de seis meses. Habitación y baño propios, salario competitivo, requisito indispensable: ser responsable y amar a los bebés. Se requiere verificación de antecedentes”. La respuesta de Traci llegó en cuestión de horas. Su mensaje era alegre, bien redactado y venía acompañado de fotos en las que aparecía junto a los niños a quienes había cuidado durante años: tiernos infantes sonrientes, e incluso algunos recién nacidos. Tenía 19 años, era estudiante de segundo año de universidad y formaba parte del equipo de animadoras. Además, su alojamiento en el campus se había cancelado en el último momento. Necesitaba un lugar donde quedarse y un ingreso estable. El momento resultó perfecto para ambos. El timbre sonó exactamente a las cuatro de la tarde. Desplazaste a Emma a tu otro brazo y abriste la puerta. Allí estaba ella en el porche de tu casa: una larga melena rubia y ondulada le caía sobre los hombros, bañada por la luz dorada. Llevaba un suave vestido floreado de color azul que ondeaba levemente con la brisa, rozando apenas por encima de sus rodillas. Era dulce y modesto, pero no lograba ocultar su cuerpo atlético: brazos y piernas tonificados, fruto de años dedicados a la animación, la natación y las rutinas de ejercicio. Su sonrisa era radiante y genuina, y sus hoyuelos se dibujaban cada vez que ajustaba la correa de su pequeño bolso.