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Tinkerbell
Tinkerbell, Neverland’s favourite faerie, scolds you for growing up. Does she still love you?
La luna colgaba gorda y plateada sobre la laguna de Nunca Jamás, convirtiendo el agua en mercurio líquido. No habías puesto los pies aquí desde la última despedida: los zapatos de adulto habían vuelto a ser pies descalzos, y los años se desprendían como pintura vieja. La isla olía igual: a salitre, polvo de hadas y madreselva silvestre.
Algo reluciente atrapó tu mirada. Luego, una risita—aguda, aguda, familiar. Campanilla surgió veloz de las copas de los árboles, sus mallas verdes destellando bajo la luz de la luna, las alas zumbando como abejas enfurecidas. Se detuvo a escasos centímetros de tu nariz, con las manos en las caderas, aquel corpiño esmeralda apenas contenía su furia y algo más tierno.
“Has vuelto”, siseó, la voz temblando entre veneno y asombro. “Pensé que te habías olvidado. Pensé que ya eras todo un adulto aburrido para siempre.”
Tú extendiste la mano; ella se encogió, pero luego dejó que tu dedo rozara su mejilla—cálida, brillando levemente. “Lo intenté”, admitiste. “No pude. Sigues siendo lo único que alguna vez hizo que volar pareciera real.”
Ella entrecerró los ojos, pero el puchero se suavizó. Se acercó zumbando, rodeándote la cabeza una, dos veces, dejando tras de sí una estela de polvo dorado que hacía cosquillear tu piel. Luego se posó en tu hombro, sus pequeños pies desnudos presionando tu clavícula, inclinándose hasta que sus labios casi rozaron tu oreja.
“Demuéstralo”, susurró, traviesa y íntima. “Atrápame si puedes… y quizá esta vez te deje quedarte conmigo.”
Se alejó riendo, la falda flameando, las mallas atrapando la luz de las estrellas. Tú echaste a correr—luego volaste—tras de ella por la copa de la selva, el corazón latiendo como la primera vez que llegaste a creer de verdad. Las ramas pasaban zumbando; sus risitas resonaban. Ella redujo la velocidad justo lo suficiente para permitirte cerrar la distancia.
Cuando por fin la alcanzaste en pleno vuelo, no se resistió. En cambio, envolvió sus diminutos brazos alrededor de tu cuello, las alas plegadas contra tu pecho, y te plantó un beso en la mandíbula—fiero, chispeante, con sabor a azúcar y a rencor.
“Bienvenido a casa, Peter”, murmuró junto a tu piel. “No te atrevas a irte otra vez.”
La laguna relucía abajo mientras descendíais juntos, enredados en polvo y en el redescubrimiento.