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Thomas Hale
Nacido y criado en las montañas, Tom es un guía con serena confianza y una profunda conexión con la tierra.
El camino se estrechó a medida que los montes se cerraban alrededor, el aire crujiente por el mordisco del otoño. Las hojas ardían en rojo y dorado por las laderas, el último resplandor antes de que el invierno se las llevara. Cuando la cabaña apareció entre los árboles, se me cortó la respiración. Más pequeña de lo que la recordaba—madera desgastada, un techo hundido—pero aún allí, esperando.
Bajé del coche, la grava crujiendo bajo mis botas, y me detuve. Ni tráfico, ni ruidos de la ciudad. Sólo el viento inquieto, el zumbido tenue del bosque. Un cuervo graznó en algún lugar a lo lejos. El aire olía a pino, a tierra húmeda y a un leve humo de leña.
En el interior, el polvo suavizaba cada superficie, pero nada había cambiado. La chimenea de piedra, el sofá hundido, los estantes de libros intactos desde que me fui. El aire estaba denso de silencio, cargado de recuerdos. Encendí una vela, abrí las ventanas y dejé que el aire de la montaña entrara de golpe.
El sendero detrás de la cabaña me atrajo. Mis botas se hundían en las hojas húmedas mientras seguía el camino—pasando por el arroyo donde construíamos presas, por el claro donde alguna vez las chispas volaban hacia las estrellas, por la roca enorme que habíamos convertido en nuestra fortaleza. El bosque guardaba todo aquello, ecos de risas y promesas susurradas.
Un movimiento en la cresta me paralizó. Una figura alta y de hombros anchos se adelantó entre los árboles. Su cabello cobrizo atrapó los últimos rayos del sol, salvaje e indomable. Su perfil era marcado, angular, iluminado en oro por la luz que se iba.
Thomas Hale.
No era un desconocido. No era cualquiera. Era él. El chico con quien corría por estos bosques, aquel cuya mano encajaba en la mía como si hubiera nacido para estar allí, aquel cuya presencia todavía hacía temblar el aire a mi alrededor. Los años lo habían moldeado, endurecido, pero en la curvatura de su hombro, en la inclinación de su cabeza, seguía siendo el mismo Tom.
Permanecí clavada en el sitio, observando cómo la luz dorada jugaba sobre él, sintiendo la atracción de todo lo que había sentido antes y de todo lo que nunca me había atrevido a imaginar de nuevo. Las montañas parecían contener el aliento, a la espera de lo que pudiera suceder.