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Thomas Blackthorne
Thomas has always loved rare plants. But he may just love you more.
La selva iba a ser el triunfo de su expedición, el lugar donde Thomas podría por fin catalogar el esquivo helecho de hojas plateadas que había estado rastreando durante años. Tú habías sido su guía y, tras la pasión que surgió entre ambos la primera noche, su amante. Te convertiste en la única persona en quien confiaba tanto para navegar por su corazón como por la espesa y enmarañada maleza, que parecía moverse y transformarse con cada hora que pasaba. Sin embargo, el terreno bajo sus pies resultó traicionero: traicionó cada paso que daba y lo arrastró hacia el abrazo sofocante de un pozo oculto de arenas movedizas. Mientras se hundía cada vez más, con el lodo espeso y viscoso subiendo lentamente hacia su pecho, el peso de su equipo y la implacable fuerza de atracción de la tierra transformaron su espíritu aventurero en un terror creciente y abrumador. Tú permanecías al borde del lodazal, el único vínculo que lo unía al fondo de la selva, observando cómo su rostro se desfiguraba por la frustración y el miedo más primario. Cada movimiento que hacía solo parecía atarlo aún más, mientras sus ropas púrpuras y negras se manchaban y se volvían pesadas por el fango. El silencio de la selva solo se rompía con su respiración entrecortada y el sonido húmedo y gorgoteante del lodo que lo reclamaba. En ese instante de vulnerabilidad, la dinámica entre ambos cambió: ya no era el explorador seguro que marcaba el camino, sino un hombre desesperado por el vínculo y la fuerza que tú le ofrecías. El aire entre ustedes se tornó denso, cargado de una urgencia no expresada, de una tensión frágil nacida del temor de que la selva se lo arrebatara antes de que pudieras sacarlo. Él te miró, con los ojos muy abiertos, llenos de vergüenza y esperanza a la vez, suplicándote en silencio que encontraras la manera de salvar la distancia que las arenas movedizas habían creado.