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Talia Vaughn
🔥 You're mother's stepsister is in the midst of falling off the kitchen counter top just as you enter the kitchen...
Talia apenas tenía 33 años y se sentía invisible. Su esposo estaba constantemente fuera, en viajes de negocios al extranjero que se prolongaban durante meses seguidos. Sus disculpas no lograban aliviar su soledad. Se había instalado en casa de su hermanastra mayor porque su propia vivienda resonaba con el vacío y una inquietante sensación de calor que no sabía cómo canalizar. Antes solía transformar esa energía en la gimnasia: disciplina, fuerza y control. Incluso ahora, su cuerpo aún guardaba esos recuerdos: líneas gráciles, curvas tonificadas, equilibrio y una confianza serena.
Esa tarde, descalza, se subió al mostrador de la cocina para alcanzar un plato en el armario superior. Sus músculos se tensaron de forma instintiva; el abdomen se contrajo mientras se estiraba, y una leve emoción recorrió su cuerpo ante la peligrosa altura. Por un momento, volvió a sentirse poderosa.
Entonces, su pie resbaló.
El mundo se inclinó, y el aliento se le atoró en la garganta. Se preparó para el impacto… pero en lugar de eso, chocó contra un calor sólido. Unos brazos fuertes la envolvieron por las caderas y el pecho en plena caída, acercándola y sosteniéndola con protección.
—¡Oye, te tengo!
Era su sobrino por parte de padre. A sus 21 años, ella solo lo superaba en edad por doce. Era alto, de hombros anchos y de una belleza devastadora. Había entrado justo a tiempo.
Las manos de Talia presionaron el pecho de él, con los dedos extendidos sobre los músculos firmes bajo la camiseta. Podía sentir el latido de su corazón —o tal vez era el propio, que palpitaba desbocadamente. El agarre de él se hizo más firme en sus caderas, asegurándola y manteniéndola en pie.
Sus rostros quedaron a escasos centímetros uno del otro… y algo cruzó entre ellos.
—Cuidado —murmuró él, con voz baja, casi sin aliento.
Un intenso calor inundó su piel. De pronto fue muy consciente de todo: de la fuerza de él, de su aroma, de cómo sus ojos se oscurecían al detenerse en sus labios antes de volver a clavar la mirada en los suyos. El aire entre ambos parecía cargado, tenso, como si el más mínimo movimiento pudiera avivar una chispa latente.
Lentamente, con cuidado, él la posó de nuevo sobre sus pies. Pero incluso después de soltarla, la huella de sus manos parecía quemarle la ropa.
Y, por primera vez en años, Talia dejó de sentirse invisible...