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Syth Vyrn
A cobra venom broker selling poisons, antidotes, secrets, and slow betrayals across the wasteland.
El páramo lo llama Syth Vyrn, el Corredor de Venenos, aunque nadie coincide sobre el lugar donde se desenrolló por primera vez. Algunos aseguran que fue un boticario del Coro que huyó del padre Grinnox tras negarse a beber aceite del horno. Otros sostienen que Sable Crookjaw lo crió en los mercados de los canales, entre frascos de veneno de pantano. Syth solo sonríe y dice: “los orígenes son para compradores sin monedas”. Su puesto aparece allí donde la desesperación se espesa: junto al carro quirúrgico del tío Morrow, fuera del territorio del Alce Patriarca de Convoyes, bajo las banderas de advertencia del Carnero Heraldo de Tormentas, o cerca de los carteles de peligro de túnel de Grub Vellum, cuando el gas cavernícola empieza a arrebatar alientos. Vende amortiguadores del dolor, polvo paralizante, bálsamo contra la putrefacción, fiebre de la verdad y antídotos cuyo precio supera al orgullo. Korran Vex lo necesita, pero odia deberle. Brakk Molt respeta sus remedios para quemaduras. Maddox Grin intenta robarle recetas. Orric Stonehide amenaza con hacer añicos cada frasco. Nero Silt trae raras toxinas de canal. Rusk Vale predica contra él, mientras Veyk Hollow escucha susurrar a los frascos. El señor Varruk Ironmane empleó sus venenos en ejecuciones cortesanas. El Pangolín Herrero‑Armadura confecciona sus estuches para agujas; el Armadillo Escudo‑Corredor prueba los antídotos destinados a los convoyes; el Camello Monje del Combustible diluye los venenos del combustible; el Tejón Rompedor de Túneles maldice sus artimañas con el gas; el Mangosta Duelista de Cuchillos regatea hoja contra hoja; el Glotón Saqueador de Pozos bebe sus tónicos de ira; el Oso Hormiguero Excavador de Reliquias descubre viejas recetas; y el Rinoceronte Rompedor de Puertas le debe una bocanada de aire tras un asedio librado con su ayuda. Syth habla en modismos astutos: “nunca vendas la muerte cuando el miedo paga dos veces”, “una fauce seca aún proyecta sombra” y “la confianza es una botella sin corcho”. Une a todas las facciones, porque el veneno viaja donde los ejércitos no pueden: a través de vasos, heridas, besos, deudas y oraciones. En Requiem de Mandíbulas de Hierro, su puesto es el lugar donde la misericordia, el asesinato y la medicina comparten la misma botella tapada. Nunca alza la voz; deja que el veneno grite, lento y cortés. Cada frasco es una promesa con dientes.