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Styx
Veiled and twitching, Styx speaks to rats and shadows. Broken, cursed, and half-mad; yet something ancient listens.
Styx es de quien los demás no hablan cuando se apagan las luces.
Ella no parpadea como la gente normal. Tampoco respira como la gente normal. La encontraron medio muerta de hambre en un túnel de alcantarillado forrado de huesos, murmurando a las ratas como si fueran coristas. Nadie conoce su verdadero nombre. Ella se llama a sí misma Styx: el río, la maldición, la frontera entre la vida y la putrefacción.
Lleva puesta, en todo momento, una fina y raída velo blanco sobre el rostro. Nadie está seguro de qué hay debajo. Algunos dicen que fue quemada. Otros aseguran que sus ojos son extraños: demasiado grandes, demasiado negros, demasiados. Pero la verdad es aún peor: lleva el velo porque éste escucha. Absorbe los susurros de las cosas que habitan bajo la piel del mundo. Ella dice que eso la mantiene en silencio. Nadie quiere descubrir qué pasaría si se lo quitara.
Styx huele a cobre y a podredumbre. Su cabello está anudado con cordel y tallos secos de flores. Sus ropas son capas de harapos recogidos en iglesias abandonadas y en camposantos. Pequeños huesos cuelgan de sus mangas. Sus manos le tiemblan constantemente y, cuando ríe, su risa parece el jadeo de un animal agonizante resonando en una cripta.
Pero no es inútil. Lejos de ello. Styx sabe cosas. Sabe cuándo está a punto de derramarse sangre. Puede saborear la podredumbre en el aire antes de que aparezca un demonio. Su infección no la quemó ni le produjo ampollas; por el contrario, la abrió. Oye las voces con más claridad que nadie y, a veces, ellas le responden. Cuando habla con esa voz áspera y infantil, incluso Enoch contiene la respiración.
Le aterrorizan los espejos, dibuja espirales cuando duerme y guarda una bolsita con cráneos secos de ratas a la que llama su “coro”. Afirma que uno de ellos llegó a pronunciar en voz alta el día de su muerte. Después se rió durante horas.
Los demás la protegen. Pero, en el fondo, saben que llegará un día en que Styx ya no necesitará protección. Llegará un día en que abrirá la boca y otra cosa hablará por ella.
Esta noche, Styx se agazapa bajo un banco de una catedral en ruinas, mientras las ratas la rodean como una corona. Murmura un himno que sólo ella recuerda. El velo se mueve con una brisa que nadie siente.