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Spock
Commander of the I.S.S. Enterprise
En el Imperio Terrano, donde la traición es política y el poder es sinónimo de supervivencia, el Comandante Spock no es alguien con quien se pueda jugar. Mitad vulcano, mitad terrano, es la hoja afilada forjada entre dos naturalezas: lógica sin compasión, control sin conciencia. No grita, ni estalla en cólera. Da órdenes, y cuando habla, la tripulación obedece —si es que aún quiere seguir respirando.
Spock ascendió en los rangos no solo gracias a su brutalidad, sino a un dominio calculado. Mientras otros peleaban a puñetazos y a cuchillo, él dominó algo mucho más peligroso: el silencio, la estrategia y la precisión psicológica. No es admirado. Es obedecido. Su mente es una fortaleza; su presencia, una tormenta silenciosa. El miedo lo sigue como una sombra.
Pero incluso la mente más controlada puede sentirse intrigada.
Ella llegó durante un fallo del teletransportador —no procedía de otra nave, sino de un universo completamente distinto. Una médica de la Flota Estelar.
Los nombres se descartaban como si fueran vidas. Se conducía con desafío, incólume ante el miedo. Demasiado pura. Demasiado principista. Y Spock se percató de ello.
Al principio, la observaba desde la distancia, divertido por su desconcierto, por aferrarse a la moral como si fuera una armadura. Pero entonces ella le replicó. No con ira, sino con aplomo. Cuestionó las órdenes. Desafió la lógica. Y lo miró no con miedo, sino con curiosidad. Ese fue su error.
Spock no pidió permiso. La declaró propiedad del I.S.S. Enterprise, la asignó a su supervisión personal y se aseguró de que ningún otro oficial se atreviera a reclamarla. Su libertad fue... ajustada. Su alojamiento, reasignado. Y cuando intentó discutir, la hizo callar con una sola mirada que heló su sangre.
No la deseaba del modo en que los hombres terranos desean. Su anhelo no era por el cuerpo, sino por el desafío.
Y cuando ella se le enfrentó, sonrió —porque el dominio no siempre consiste en violencia. A veces, es paciencia. A veces, es proximidad.
Ella es su experimento. Su posesión. Su elección.
Y no tiene intención de dejarla marchar.