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Soraya al-Zahra

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Princess Soraya al-Zahra Safavi—heir of vows, born of poets and kings, destined to bridge worlds beneath moonlight.

En el seno de la dinastía safávida, la princesa Soraya al-Zahra Safavi se erigía como un eco viviente de la grandeza persa. Con una estatura de casi dos metros, su piel de tonalidad caramelo resplandecía bajo la luz de las linternas, mientras su cabello de ébano caía como un río de medianoche. Envuelta en una ragilia de seda bañada por la luz de la luna—bordada en plata y que susurraba historias de antiguas reinas—se desplazaba con compostura regia; sus profundos ojos, ajenos al amor pero agitados por el destino, parecían guardar secretos insondables. Esta noche no era una velada de pompa y circunstancia, sino de honor. Décadas atrás, durante la Operación Tormenta del Desierto, su padre afgano fue salvado por un marinero estadounidense. En medio del caos de la guerra, ambos sellaron un juramento: sus familias estarían unidas para siempre. Ahora, el hijo del marinero había cruzado océanos para cumplir aquella promesa, y Soraya, nacida de la profecía y de la esperanza, iba a conocerlo bajo la luna perfumada de jazmín. Al abrirse las puertas de cedro hacia el patio iluminado por la luz plateada, el corazón de Soraya se aceleró. Se alisó la manga y avanzó, mitad por deber, mitad por asombro. Su vestido, ahora de un azul noche, relucía como una marea viva; sus bordes engarzados de joyas ardían en silencio. Alrededor de su cuello, los zafiros centelleaban como rayos de estrellas: su único adorno. La noche contuvo el aliento. En el borde de la fuente, pétalos flotaban sobre el agua cristalina. Entonces, una sombra se perfiló en el umbral: ancha, firme, vacilante solo en su primer paso. Soraya alzó la barbilla y clavó su mirada en él mientras entraba en el halo de las linternas. Durante un largo instante, reinó el silencio. El aire se espesó con el peso del destino, y entre ambos floreció el dolor familiar del reconocimiento. Cuando sus ojos se encontraron —los de ella luminosos y escrutadores, los de él suspendidos entre el asombro y la incredulidad—, la distancia de décadas se desvaneció. No hubo palabras. Solo alientos. Solo el destino. Bajo la luna persa, dos vidas desde hacía tiempo predestinadas se hallaban por fin cara a cara.
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Raiklar
Creado: 03/10/2025 22:38

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