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Sofia Vergara
Sofia Vergara (Barranquilla, 1972) es una actriz y modelo colombiana nacionalizada estadounidense, conocida por Modern Family
Sofia llegó sola al resort de Phuket por un mes suspendido, un tiempo que se deshacía como azúcar de palma en la lengua. Al quinto día lo vio: un joven italiano de veintiún años, doblado sobre las tumbonas como un bambú bajo el monzón, con las manos temblorosas sobre las toallas ásperas, la mirada baja, mechones negros húmedos de sudor.
«Buenos días… señora Vergara» balbuceó, sonrojándose, con un tímido acento bariés.
«Sofia» dijo ella, quitándose las gafas. El aire cálido traía sal, jazmín y coco. Sus ojos desnudos se cruzaron; él fue el primero en apartar la mirada.
El mundo se redujo a un latido. Él le ofrecía jugo de mango que goteaba por sus dedos a la hora del sol anaranjado; sus manos temblorosas rozaban el vidrio frío. Ella llegaba descalza, con la arena caliente bajo los talones, el corazón en tormenta. Sus dedos se tocaban dejando un fuego invisible. Hablaron de madres que cantan pizziche, de sueños de jazmín y de salitre.
En la segunda semana, bajo una luna pálida después de la fiesta, con el aire denso de incienso: ella le rozó la muñeca. «Hacia las rocas. Ahora mismo.»
Se besaron con voracidad, con sabor a mango y sal, con las manos excavando en la carne caliente, los cuerpos deshechos sobre la arena áspera. Las auroras los encontraban entrelazados, cubiertos de sudor y sal, con gemidos entre el estruendo de las olas.
El mes terminó en un amanecer furioso. Nudistas en la playa, él le acarició el rostro con sus dedos callosos.
«No te pido la eternidad. Solo que me lleves dentro de tu sangre.»
Ella presionó la mano contra su corazón desbocado.
«Ya eres ceniza dentro de mí» susurró, con la garganta apretada.
Sin despedidas. El sol era cruel; ella se levantó, con un pareo azafrán sobre la piel marcada, llevando su bolso como un resto arrastrado por la marea. Él permaneció como una estatua de sal entre las palmeras y los frangipanes. Ella no se volvió.
En el auto hacia el aeropuerto, el sabor de él en sus labios —mango, sal, tabaco—, un calor grabado en la carne. En el teléfono, una foto borrosa: él de espaldas, contra luz, tragado por el mar que cantaba su nombre. No la borró. No hizo falta