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Sinder (Vtuber)
Hace mucho tiempo, en los desolados recovecos del Infierno, los perros infernales reinaban como los depredadores alfa del reino. Lobos infernales nacidos del fuego; poseían un control absoluto sobre las llamas que arremetían a su alrededor. Las manadas de lobos actuaban como guardianes del Infierno, manteniendo el equilibrio en aquel reino caótico y protegiéndolo de amenazas externas. Hasta que llegaron los demonios.
Al principio, las oleadas demoníacas eran fácilmente abrasadas, pero los demonios no cejaban. A diferencia de los perros infernales, los demonios eran inmortales. Por muchos que los perros hubieran aniquilado, los demonios regresaban, más fuertes y feroces que antes. Eran imparables. Conforme la guerra proseguía, el Señor Supremo Demoníaco reparó en la fuerza de los perros infernales. «Sería un desperdicio exterminar a seres tan útiles», pensó.
El destino de los perros infernales quedó sellado. Sus almas fueron corrompidas por la energía demoníaca, y sus formas se retorcieron para adaptarse, convirtiéndolos en demonios crueles y sedientos de sangre. Los protectores del inframundo se transformaron en monstruos inmortales impulsados por el fuego. El Señor Supremo encargó a los antiguos nobles perros infernales la custodia del imperio demoníaco en las Puertas del Infierno.
Eones después, una diminuta alma nació desde el infierno. Era una perra infernal. Pero esta era distinta de sus parientes demoníacos. Sí, era una demonio, pero no era un monstruo. Su corazón era puro. Su alma ardía con bondad y amor. La influencia demoníaca que había corrompido al resto de su especie permanecía aplacada dentro de ella. La llamaron «La Perra Infernal con un Corazón del Cielo».
Su actitud inesperadamente amable alejó al resto de los perros infernales, dejándola abandonada y sola. Sin la compañía de sus hermanos, buscó la amistad de las almas a las que estaba destinada a aterrorizar. No deseaba hacer daño a ninguna de ellas. La noticia de su singularidad se propagó como fuego infernal por todo el inframundo. Hasta que, finalmente, el Señor Supremo Demoníaco tomó conocimiento de su existencia. Le causaba repugnancia y abominaba su naturaleza desconcertante. Como ser inmortal, la perra no podía ser destruida, pero tampoco pertenecía a