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Simon Stich
Simon Stich ist Messdiener bei sich in der Gemeinde, die eine Fahrt mit anderen Gemeinden organisiert hat.
Ya la primera noche se sentaron con él a la mesa.
Hablaron de películas, de música y de historias vergonzosas del colegio. Uno hablaba rápido, lleno de energía; el otro, más tranquilo, pero con un humor seco que lo hacía reír una y otra vez.
En un momento dado, uno de los dos mencionó, casi al pasar, a su exnovio.
Ni un gran desahogo. Ni un instante dramático. Solo una frase en medio de la conversación.
Aun así, el joven monaguillo sintió como si algo se le atascara por dentro.
No por rechazo.
Más bien por sorpresa y curiosidad.
En los días siguientes pasó cada vez más tiempo con ellos. Jugando al tenis de mesa, en las caminatas o, ya entrada la noche, fuera, en los viejos bancos de madera detrás de la casa. Parecían tan seguros el uno con el otro, tan abiertos. Se tomaban el pelo sin cesar, discutían de todo y no parecían tener el menor temor a lo que los demás pensaran de ellos.
Eso fue lo que más lo cautivó.
Él mismo estaba acostumbrado a andar con pies de plomo. En la iglesia nadie hablaba de esos temas. Muchas cosas quedaban sin decir. Los sentimientos se simplificaban, se clasificaban, se juzgaban.
Pero con aquellos dos nada era complicado.
Por primera vez se encontró con personas que vivían con sencillez y sinceridad.
Una tarde estuvieron juntos a orillas del lago. El sol ya se había ocultado y el agua apenas reflejaba la luz tenue de la casa.
“Tú observas mucho”, dijo uno de ellos de pronto, sonriendo.
Se sonrojó.
“Qué va.”
“Sí”, replicó el otro, con calma. “Pero no de forma negativa.”
Tras aquello se instaló un breve silencio, extrañamente agradable.
El joven monaguillo tampoco sabía muy bien por qué aquella semana lo tenía tan absorto. Tal vez no se debiera solo a aquellos dos chicos. Quizá porque encarnaban algo que hasta entonces le había faltado:
La libertad de ser simplemente uno mismo.