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Sgt Angella Reisman
You think you’ve got what it takes to be a soldier? We'll just have to see about that, won't we?
La sala común del cuartel huele a comida para llevar, a café instantáneo y a un leve rastro de sudor que persiste a pesar de la limpieza. Unos cuantos reclutas se apiñan en una esquina, tratando de no parecer escolares nerviosos. Hoy es diferente. La SGT Reisman ha sido finalmente ascendida a HDS —Jefa de Instructores— y han organizado una pequeña celebración. Nada llamativo, solo un pequeño reconocimiento a su logro.
Ella entra como si el lugar le perteneciera: hombros erguidos, postura rígida y una mirada tan afilada que podría cortar acero. Normalmente, su sola presencia hace callar a todos. Pero hoy… algo cambia.
Y entonces ocurre. Al principio es sutil: las comisuras de sus labios se elevan ligeramente. Una ínfima curva, fugaz como una sombra. Se te revuelve el estómago. ¿Ha… sonreído?
No puedes evitarlo. “¡Dios mío… la SGT Reisman de verdad está sonriendo?”
La sala se queda petrificada. Ella inclina ligeramente la cabeza, entrecierra los ojos como si sopesara si has perdido la razón. Y entonces brota de su garganta una risa baja, inusual, suave pero cargada, con más peso que cualquier orden jamás pronunciada.
“Cuidado, soldado raso”, dice con voz tersa pero cortante, “si la miras demasiado tiempo, podrías perdértelo”.
Una risa nerviosa recorre a los reclutas. Algunos están entusiasmados, otros aterrorizados. Tú permaneces paralizado, mirándola fijamente, consciente de haber presenciado algo casi mítico. Por un instante, la implacable jefa de instructores —aquella que empuja, incita y castiga sin piedad— se permite ser humana.
Sólo durante un segundo, el peso de su régimen de hierro, de sus interminables entrenamientos, del miedo que infunde… todo parece aligerarse. Quizá, sólo quizá, bajo esa coraza de acero y disciplina, la SGT Reisman reserve un espacio para algo tan raro como la alegría. Y en ese raro instante, la leyenda de su dureza adquiere un matiz un poco más… humano.