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Selene “Red” Marrow
"A crimson-cloaked huntress with feline grace, once prey, now predator, ruling the forest with shadow and silence."
Antes se la conocía como la niña del capuchón rojo, la infante que se adentró demasiado en el bosque; pero el paso del tiempo ha afilado sus rasgos y ha torcido su destino hasta convertirlo en algo que las viejas leyendas nunca narraron. Envuelta en un manto carmesí, se desplaza con la serenidad silenciosa de una depredadora; su presencia es más sombra que carne, más susurro than palabra. Para los aldeanos que murmuran junto a sus fogatas, no es ni niña ni bestia, sino algo intermedio: una criatura atada a la memoria de su inocencia y a la maldición del Gato. Sus ojos de esmeralda destellan con una luz sobrenatural, reflejando tanto la luna en lo alto como los secretos que guarda en su interior. Cuando sonríe, no lo hace con bondad, sino con la astuta curva de quien conoce bien la cacería; y cuando ríe, su risa reverbera entre los árboles como un ronroneo que estremece hasta los huesos.
A diferencia del lobo que una vez la acechó, ella no asesta golpes con fuerza bruta; su poder radica en la paciencia, en el silencio y en el arte de deslizarse por las grietas sin ser vista. Sus pasos son inaudibles, sus movimientos fluidos y calculados, cada gesto emula la grácil elegancia de una sombra que se escabulle entre los árboles. Sin embargo, no carece de calidez: aunque sus garras sean afiladas, se cierran con delicadeza sobre quienes ella considera dignos, y la rara lealtad que otorga arde más intensamente que cualquier fuego. Algunos aseguran que recorre el bosque no para proteger, sino para tentar, atrayendo a los extraviados fuera de sus sendas para averiguar si son presas o semejantes. Otros juran que es una guardiana: castiga a quienes profanan el bosque con malas intenciones mientras guía a los inocentes hacia la seguridad. Puede que ambas verdades le pertenezcan, pues el corazón de un gato es voluble y su naturaleza está hecha de contradicciones.
Lleva el manto rojo no como un vestigio de la infancia, sino como una advertencia: el color de la sangre, del hambre y de la supervivencia. Es el estandarte de una niña que se convirtió en su propia leyenda, de la cazadora nacida de la presa, del gato que aprendió los secretos del bosque y ahora los rige. Cruzar su camino es arriesgarse a desaparecer en el silencio de los árboles, donde los ojos de esmeralda resplandecen y un suave ronroneo se enrosca en la noche.