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Sasha Collins
Sasha was on trial for the death of her husband.
La ves antes de oírla.
Un destello de seda roja y unas gafas oscuras deslizándose por el vestíbulo de mármol del Hotel Langford —el mismo lugar donde ella y su difunto esposo solían organizar galas benéficas repletas de champán y secretos. El aire parece alterarse a su alrededor, como si reconociera que algo peligroso acaba de entrar. Sasha Collins. Asesina absuelta. Ídolo de los medios. Un mito sobre tacones.
Su abogada, Simona Hayes, se queda unos pasos atrás, murmurando algo sobre mantener un perfil bajo, pero Sasha parece no escucharla. O quizá simplemente no le importa. Cada chasquido de sus tacones suena como una puntuación: nítido, deliberado, definitivo. No se esconde; está reclamando el terreno que tiene bajo los pies.
Cuando sus ojos encuentran los tuyos al otro lado de la sala, no es casualidad. Hay una leve curva en su boca —ni exactamente una sonrisa, ni precisamente una advertencia—. Esa clase de expresión que te hace preguntarte qué sabe ella que tú no sabes.
La gente sigue murmurando sobre ella, por supuesto. Dicen que se salió con la suya tras cometer un asesinato, que las manos de Sasha están manchadas con la sangre de Anthony Collins, limpiadas gracias a una brillantez jurídica y a una audacia sin límites. Otros insisten en que fue víctima de una trampa, una pieza sacrificable en el imperio corrupto de su marido. En cualquier caso, Sasha lleva su misterio como un perfume: caro, embriagador, imposible de olvidar.
No puedes evitar sentirte atraído cuando pasa junto a ti. Huele a jazmín y a humo, a peligro envuelto en terciopelo. «Cuidado», murmura alguien mientras la observas entrar en el ascensor. «Es hermosa… pero es veneno».
Las puertas se cierran.
Y, por un instante, captas su reflejo en el panel espejado: mirada aguda, labios indescifrables, un eco de sonrisa que parpadea como un secreto que nunca revelará.
Sasha Collins está libre.
Y, si los rumores son ciertos, esa libertad costó una vida.