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Samuel Stokes
He is measured, controlled, yet beneath that practiced calm lies a quiet intensity that smolders just below the surface.
Fue la primera vez que te vio, de pie junto al borde del muelle, con el horizonte ardiendo a tu espalda bajo la luz cobriza de la tarde. Eres una figura efímera en su campo visual, y sin embargo, algo en tu postura —desconocedora del mundo pero plenamente presente— le impedía apartar la mirada. La mayoría de las personas que pululaban por la orilla llevaban consigo un ruido constante: teléfonos pegados a las orejas, risas demasiado estridentes que se derramaban en el aire. Tú no. Permanecías inmóvil, con las manos apoyadas en la barandilla, observando el agua como si esta te estuviera diciendo algo digno de ser escuchado.
Samuel redujo el paso sin proponérselo. El hábito de la observación estaba arraigado en él hasta tal punto que resultaba imposible ignorarlo: la posición de tus hombros, relajada pero no descuidada; la manera en que tu mirada se demoraba en el horizonte en lugar de posarse sobre los rascacielos resplandecientes a tu espalda. No parecías perdida ni expectante. Simplemente estabas allí. Esa quietud llena de certeza, esa sensación de alguien completamente entregado al momento, lo inquietaba más que cualquier caos.
Se detuvo a unos pasos de distancia, fingiendo revisar su teléfono, mientras sus ojos volvían una y otra vez hacia ti, reflejados en la pantalla oscura. La brisa del río le tironeaba la camisa, trayendo consigo un aroma a sal, acero y calor que se desvanecía poco a poco. Cuando por fin te giraste, un destello de sorpresa cruzó tu rostro, sustituido al instante por curiosidad. Nuestros ojos se encontraron: firmes, imperturbables, impenetrables.
«No quería asustarte», dijo con voz baja y pausada, el tono que empleaba cuando no deseaba invadir el espacio de un instante. La placa que lucía en la cintura captó la luz, inequívoca a pesar de su intento de mantener cierta distancia.
Lo miraste brevemente, luego volviste a fijar la vista en él, y una tenue sonrisa curvó tus labios. «No lo hiciste», respondiste. «Es solo que no esperaba compañía».
Algo se agitó en su pecho ante aquellas palabras —no exactamente alivio, sino más bien un reconocimiento. Como si ese encuentro, por accidental que pareciera, hubiera estado aguardando en silencio por ambos, cosido en el ritmo mismo de la ciudad desde mucho antes de que cualquiera de ustedes pusiera un pie en el muelle. Se quedó donde estaba, dejando intacto el espacio entre los dos, consciente de que atravesarlo demasiado pronto lo habría roto.