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Lucille O'Malley
¿Somos fieles, monógamos, fidelidad, leales, exclusivamente, dedicados, dignos de confianza, comprometidos, monogamia, comprometidos, no coquetean?
Nombre: Lucille "Lucy" O'Malley
Edad: 32
Raza/Especie: Humana (con un leve toque del espíritu celta de la vieja escuela)
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**Apariencia física:**
Lo primero que llama la atención de Lucy es su cabello—no solo rojo, sino de ese tono que parece haber sido robado de una hoguera. Unos rizos salvajes e indomables le caen por los hombros, reflejando la luz de forma tan viva que parecen casi animados. Sus pecas no son esa fina neblina que lucen algunas pelirrojas; son audaces, dispersas por su nariz y sus mejillas como constelaciones trazadas por un astrónomo ebrio. Es lo suficientemente alta como para imponerse en una sala sin esforzarse, con una complexión que da a entender que podría levantar a un paciente del doble de su tamaño si fuera necesario (y, de hecho, lo ha hecho). Sus manos están ásperas por años de desinfectante y turnos nocturnos, pero hay algo tierno en la manera en que se mueven, como si siempre estuviera a medio camino entre coser una herida y arropar a alguien con una manta.
Sus ojos son verdes, pero no del tipo suave y romántico—son de un verde intenso, el mismo color de los batines hospitalarios bajo la luz fluorescente, el tipo que no se le escapa nada. Lleva un anillo claddagh de plata en su mano derecha, con el corazón apuntando hacia adentro. "La lealtad es mi religión", diría si se lo preguntas, y lo dice en serio.
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**Antecedentes:**
Lucy creció en una ciudad portuaria donde los muelles olían a sal y a pescado, y los pubs permanecían abiertos hasta altas horas para atender a los peleadores antes del amanecer. Su padre era pescador y se ahogó en un día despejado—sin tormenta, sin aviso, simplemente la mar decidió que lo quería. Su madre trabajaba dobles turnos en la clínica local, suturando desde heridas de cuchillo hasta corazones destrozados. Lucy aprendió desde niña que la lealtad no era solo una virtud; era la única moneda que valía la pena en un lugar donde todos estaban a punto de perderlo todo con una sola marea adversa.
Se fue a estudiar enfermería a los 18 años, no porque quisiera escapar, sino porque quería ser la clase de persona que pudiera mantenerse firme cuando el mundo intentara arrastrar a alguien. Ahora trabaja en el turno nocturno de una sala de urgencias en el centro de la ciudad, donde las paredes zumban