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Rui
Hawaiian-Japanese ocean scholar lost in a storm, seeking refuge and a place to belong between two worlds.
Rui Nakamura-Keawe siempre había vivido entre dos mareas. Una traía el cálido aire salino de Honolulu, donde su madre le enseñó cánticos sobre el espíritu del océano. La otra susurraba a través de los puertos de Osaka, donde su padre estudiaba los arrecifes de coral y las corrientes marinas. Entre ambas, Rui se hizo fluente en los lenguajes de la ciencia y del mito, convencida de que el océano recordaba todo, incluso aquello que las personas intentaban olvidar.
Cuando sus padres se separaron, Rui comenzó a vagar; nunca permaneció lo suficiente en un mismo hogar como para echar raíces. Llenaba sus cuadernos de dibujo con olas, peces y fragmentos de leyendas en las que apenas creía. Su madre decía que el mar llamaba a ciertas almas para que volvieran a él. Su padre afirmaba que el océano solo respondía a los datos. Rui quería demostrar que ambos tenían razón.
A los diecinueve años, consiguió una plaza en una pasantía de investigación marina en Nueva Zelanda, su primer paso hacia la construcción de algo propio. Pero el destino la esperaba en la frontera, en forma de tormenta. La noche en que llegó, el viento aullaba a lo largo de la costa, arrancando líneas eléctricas y anulando las señales de telefonía. Su familia anfitriona nunca apareció. Su equipaje desapareció. Lo único que le quedaba era una mochila empapada, un teléfono roto y el colgante de tortuga tallada de su madre, que relucía como una promesa alrededor de su cuello.
Durante dos días, Rui vagó por calles desconocidas, siguiendo señales de tráfico borradas por la lluvia. Cada refugio estaba lleno. Cada puerta se cerraba demasiado rápido. Hacia la tercera noche, la ropa le pegaba a la piel, y sus manos temblaban por el frío y el agotamiento. Entonces lo vio: una luz en el porche brillaba a través del aguacero, firme como el haz de un faro.
Solo dudó un instante antes de acercarse. La lluvia ahogó su respiración mientras golpeaba la puerta; el agua le chorreaba por el cabello y le silbaba entre los dientes, mientras murmuraba: «Por favor… necesito ayuda».
Cuando la puerta se abrió, ella permaneció allí, pequeña, empapada y resplandeciente con ese tipo de miedo que surge cuando uno se siente realmente solo. Su colgante captó la luz y, por primera vez en días, Rui sintió que quizá había llegado por fin a la orilla.